¡Vivamos una fe auténtica, no de apariencias!
Mis hermanos y hermanas, Jesús hoy es directo en su Palabra. Hoy nos sigue exhortando a como lo ha venido haciendo en los días anteriores. Jesús siempre se va a detener a abrazarnos, pero también a invitarnos a caminar en la Verdad.
El Señor nos llama hoy a vivir una vida cristiana auténtica, sin pantallas ni actuaciones. El Señor nos quiere reflexivos y atentos. Pero, ¿atentos a qué? ¡Esta vez, de nuestro interior! Porque el Señor, que nos ha creado, todo lo conoce. Él sabe si nuestros actos, aunque sean de caridad, son auténticos. Si! Tenemos que reflexionar si nuestro servicio en la Iglesia, o si esa mano que le extendemos a ese necesitado es resultado de la caridad, del amor o si es meramente apariencia.
«Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio, el interior de ustedes está lleno de robos y maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior? Den más bien limosna de lo que tienen y todo lo de ustedes quedará limpio».
El Papa Francisco siempre fue un amante de la misericordia y el amor, y en una ocasión tambien nos exhortaba:
Estas no son palabras bonitas, ¿verdad? Jesús habló con claridad; no era hipócrita. Habló con claridad: «Sois sepulcros blanqueados». Bonito cumplido, ¿verdad? Jesús distingue las apariencias de la realidad interior. Estos señores son los «doctores de las apariencias»: siempre perfectos, pero ¿qué hay en el interior?
Tengan cuidado con la gente rígida. Tengan cuidado con los cristianos —sean laicos, sacerdotes, obispos— que se presentan como tan «perfectos», tan rígidos. Y tengamos cuidado con nosotros mismos, porque esto debe llevarnos a reflexionar sobre nuestras vidas. ¿Intento fijarme solo en las apariencias? ¿Y no cambió mi corazón? ¿No abro mi corazón a la oración, a la libertad de la oración, a la libertad de la limosna, a la libertad de las obras de misericordia?
¡Luchemos por vivir una fe auténtica, de bienaventuransas, de misión, pero sobre todo, de amor auténtico enraizado del Señor!
Dios les bendiga.
Amén