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Vida Catòlica febrero 19, 2026

Es necesario vencernos a nosotros mismos

Es necesario que el Hijo del Hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escriba, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día. Todo esto era y es necesario hoy en día también, porque en cada Eucaristía se renueva ese sacrificio de nuestro Señor en el Calvario. Es el mismo sacrificio, es el mismo sacrificio que ocurrió hace más de 2.000 años en el Gólgota.

Ese mismo es el que se repite en la Eucaristía al momento que el sacerdote consagra ese pan y ese vino. Se convierte en el cuerpo y la sangre y por ese sacrificio nosotros hoy tenemos vida y por eso es necesario, por eso es necesario que el Hijo del Hombre sufriera para que nosotros tengamos vida y vida en abundancia. Pero el Señor dice todavía, pidiendo más, que si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga.

Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida la perderá, pero el que pierda por mi causa, esa la encontrará. Aquí hay muchas palabras que son muy, pero muy importantes y en parte se resume aquí el ser cristiano, porque cuando el Señor anuncia el Evangelio Él dice, conviértanse y crea en el Evangelio. Este convertirse, este creer en el Catecismo de la Iglesia Católica lo define como un cambiar de mentalidad.

Creer no es simplemente saber que Dios está presente en nuestra vida, saber que Dios es algo real, es alguien real, como lo queramos tomar, pero no, es más que eso. Creer en Dios es, aparte de saber de su existencia, aparte de saber que es alguien que está, alguien que nos mueve, alguien que nos suscita diferentes inspiraciones, es aparte de todo eso, es también seguirle, es también cambiar nuestra forma de mente, es cambiar, hacer un giro de 180 grados hacia el que nos dio la vida y eso involucra muchas cosas y una de ellas es esta, olvidarse de sí mismo, olvidarse de sí mismo. ¿Qué es eso de olvidarse de sí mismo? Es básicamente vencer nuestro ego.

¿Y qué es el ego? El ego es todo aquello que nuestro cuerpo busca ser el primer lugar. Cuando queremos ser escuchados, cuando queremos recibir reconocimiento, cuando queremos escuchar que el hermano «David» es un excelente predicador, el hermano «David» es un excelente servidor, cuando queremos que seamos nosotros los que resalten. Ese es el ego.

Alimentar el ego es que yo quiero ser importante, que yo quiero ser escuchado y esto hay que tener cuidado hermanos, porque muchas veces nosotros servimos en nuestras parroquias, servimos en nuestras comunidades y decimos servir al Señor, pero el final al que nos estamos sirviendo es a nosotros mismos. Hermanos, un servicio sin amor, un servicio sin olvidarse de sí mismo es un servicio infértil, es un servicio que no da fruto. El servicio que da fruto es aquel que no busca el interés propio, que no busca que a uno lo nombre, que no busca los propios beneficios, sino que busca el beneficio solamente del Señor y de nuestros hermanos.

El Señor nos invita hoy a olvidarnos de nosotros mismos. No se trata de nosotros, no se trata de nuestros intereses, no se trata de lo que queremos, sino se trata solamente del Señor. ¿Y qué es lo que el Señor quiere? Que nos amemos unos a los otros, que lo amemos a Él por encima de todas las cosas.

Olvidemos nuestra vida, olvidemos nuestros intereses. Esa es la invitación en el Evangelio del día de hoy, que en Él seamos unos y que olvidemos nuestros propios intereses. Que si queremos nosotros que nos nombren como líder de tal grupo, que nos nombren como encargado de tal servicio, que no sea nuestro deseo eso, que nuestro deseo principal sea servir al Señor, que nuestro deseo sea amar al Señor.

Y en todas nuestras vanidades, en todos nuestros deseos, que lo principal siempre sea servir al Señor y ser santo. Hermanos, el Evangelio termina con algo muy importante. ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo o se destruye? El ego simplemente destruye al hombre porque crea una burbuja que hace que tarde o temprano se rompa.

El ego solamente destruye al hombre. No permitamos que nuestro ego crezca y que cada vez seamos nosotros menos y que el Señor sea más. Amén.

¡Paz y Bien!

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