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Vida Catòlica febrero 21, 2026

Caminemos bajo la luz de Cristo

Mateo, conocido como Levi también, era alguien no muy bien recibido, tampoco no muy bien visto por los judíos. Se le podía conocer o definir como un pecador público.

Un pecador público porque era visible su deseo hacia las cosas del mundo, era visible su deseo hacia las cosas terrenales, especialmente hacia las cosas materiales. Como bien sabemos, bueno, lo que se conoce sobre San Mateo es que era un recaudador de impuestos, un recaudador de impuestos en la época de nuestro Señor. Eran personas despreciadas por los judíos, puesto que los recaudadores de impuestos tomaban ese dinero de los judíos para enriquecer la bolsa de los romanos.

En aquel entonces, estar cerca, ser amigo, tener amistad con los romanos era algo pésimo visto porque los romanos eran los enemigos. De hecho, los judíos en ese momento esperaban al rey, al Mesías, para que pudiera vencer a los romanos. Entonces, todo aquello que tenía que ver con los romanos eran personas meramente despreciables. Eran personas que tenían un desprecio, eran mal vistas. Mateo era uno de ellos. Mateo era una persona que cobraba injustamente impuestos, oprimiendo el trabajo, el esfuerzo de los judíos.

Entonces, Mateo era una persona que hoy en día nosotros pudiéramos calcular e imaginar como despreciable. Sin embargo, ante la lógica de la naturaleza humana que está predestinada a tachar, a señalar, Jesús viene e irrumpe esa naturaleza e irrumpe lo lógico y hace lo que todo estaba fuera de los cálculos, el cual es llamar a Mateo, llamar a Leví. El Señor se acerca y le dice: sígueme.

Claramente, Mateo tiene una respuesta automática. Jesús, que es Dios, conoce los corazones de todos y cada uno de nosotros. En este momento, el Señor conocía muy bien el corazón de Mateo.

Mateo, que era recaudador de impuestos, sí, tenía en su corazón el espíritu que estaba haciendo que no se sentía bien, que no se sentía completo. Él sentía ese vacío, el cual él tenía muchas comodidades, tenía muchas ventajas, tenía la amistad con los romanos, tenía el dinero, tenía todo para ser alguien alegre, ser alguien feliz, pero feliz según los criterios del mundo. Sin embargo, Mateo tuvo que sentir ese vacío, ese algo que no lo llena. Y eso muchas veces nosotros lo podemos experimentar. Tenemos todo, tenemos salud, tenemos trabajo, tenemos familia, todo marcha bien. Pero tenemos ese vacío que no logramos llenar.

Entonces, el Señor conoce muy bien los corazones y sabía que Mateo necesitaba llenarse de verdad. Entonces, el Señor llama a Mateo y se acerca a él aún conociendo su condición, aún conociendo la reputación. El Señor se acerca a él y no solo lo llama, sino que también cena con él.

El Señor cena con él y Mateo recibe en su casa al Señor. Y hubo un banquete con publicanos, un banquete con pecadores. Y el Señor dice aquella frase que es muy conocida por todos nosotros. «Yo no he venido por lo justo, sino por los pecadores». Hermanos míos, levanten la mano el justo, levanten la mano aquel que está libre de falla, aquel que está libre de pecado, aquel que ya se proclama santo. Hermanos, todos somos pecadores y el Señor está aquí por nosotros.

El Señor, así como conoció el corazón de Mateo, así conoce el nuestro. Él sabe nuestros vacíos, Él sabe nuestra incompetencia y sabe que necesitamos, sobre todo, conversión. El Señor dice que Él nos ha llamado a nosotros para convertirnos. Él dijo: «Conviértanse porque el reino de los cielos se acerca». La conversión no es simplemente decir, yo creo en Cristo. San Mateo lo dejó todo por Cristo y fue su discípulo y es un santo. Un santo que hoy en día es un ejemplo para nosotros. Nosotros tenemos que seguir el ejemplo de Mateo. Simplemente no tenemos que bastarnos con nuestra vida en invitar al Señor a nuestra casa un día.

No, tenemos que ser seguidores, imitadores de Cristo. Tenemos que ser evangelizadores, llevar el mensaje de Cristo, porque el Señor a nosotros un día ha irrumpido, así como lo hizo en San Mateo. El Señor nos invita hoy a ser parte de ese mensaje, de esa misión evangelística.

Y nosotros lo podemos ver reflejado en la primera lectura, cuando dice, en las palabras de Isaías, dice lo siguiente:

Cuando renuncies a oprimir a los demás
y destierres de ti el gesto amenazador y la palabra ofensiva;
cuando compartas tu pan con el hambriento
y sacies la necesidad del humillado,
brillará tu luz en las tinieblas

Es decir, cuando dejes tu ego por un lado, así como San Mateo lo dejó. Cuando San Mateo vio que tenía la verdad enfrente de él, él dejó todo su ego, él dejó su riqueza, sus comodidades, sus contactos, los contactos que tenía con los romanos. Probablemente él vivió algún tipo de persecución o de indiferencia o de limitaciones, pero a él no le importó, porque como dice Isaías, brilló la luz en sus tinieblas.

Jesús fue la luz que se acercó a Mateo y Mateo comenzó a caminar en la luz y comenzó a ver sus defectos, comenzó a ver sus pecados. Nosotros también tenemos que acercarnos a Cristo, pero antes tenemos que renunciar. Tenemos que renunciar a nuestro ego, a ese querer sobresalir, a ese querer decir yo tengo esto, a ese querer decir yo soy importante.

Cuando estamos caminando en la luz, lo que nosotros queremos, lo que nosotros deseamos ser no importa, porque lo único que queremos es hacer la voluntad de nuestro Señor. Hermanos míos, pidiémosle a Dios, a nuestro Padre y al Espíritu Santo que nos dé esa capacidad de renunciar, así como lo hizo San Mateo, y de seguirlo a Él sin limitaciones, de que podamos caminar bajo la luz, bajo la luz del Padre, bajo la luz de la verdad. Que el Señor nos ilumine en este sábado y nos permita encontrar la luz y poder dejar todo por Él.

Paz y Bien!
Amén.

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