Skip to main content
Vida Catòlica octubre 30, 2025

Vivamos por Cristo y para Cristo.

Amados hermanos, desde hace un tiempo he sentido una gran cercanía con la vida y el mensaje santo de San Francisco de Asís. Y quiero comenzar citando una expresión que leí de él, que me caló lo más profundo de mi corazón: No hay sensación de vacío más grande que sentirse lleno de sí mismo.

Quizás ustedes hermanos se estarán preguntando, pero ¿qué tiene que ver todo esto con el evangelio de hoy? Bueno, hoy el Señor nos muestra muchas cosas, pero quiero enfocarme en un sentido moral, basándome en el gesto de decepción que el cita: ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas y apedreas a los profetas que Dios te envía! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, pero tú no has querido!

Hagamos actual este lamento del Señor y dejemos de mirar hacia nuestro alrededor, para enfocarnos en nuestro interior. Amados hermanos, en una actitud de oración y humildad podemos hoy meditar: ¿Hasta qué punto estoy atendiendo el llamado de Cristo? ¿Cuántas veces el Señor pasa frente a mí pero no lo veo porque estoy esperando que aparezca de una manera irreal? ¿Cuántas veces yo he esperado algo del Señor, cuando es al revés, que le hemos dado al Señor? ¿Cuántas veces le hemos dado la espalda porque nuestro ego no nos permite darle todo el honor que Dios se merece?

Hermanos, Dios nos ha dado un cuerpo y un alma, además de una libertad. Desde el mismo momento que nos creó, cuando sopla aliento en nosotros, ha instaurado en nosotros un deseo por buscarle y al encontrarle, encontrarnos a nosotros. Dios es nuestra identidad, hermanos, pues somos imagen y semejanza de Él. Jesús nos ha mostrado el camino, pero queremos que Dios se adapte a nosotros, que cumpla nuestros caprichos. Nosotros somos los que queremos estar en el trono y no Él.

Por esto y solo por esto, hermanos, muchas veces caemos y nos decepcionamos. ¿Cuántas veces nos ha pasado como a Judas? Judas siguió a Jesús, pero se decepcionó porque esperaba otra cosa de Jesús. ¿Cuántos, en algún momento nos hemos decepcionado de Cristo porque no cumple nuestros caprichos?

Pidamos primeramente a Dios la gracia de ser humildes y reconocer que no se trata de nosotros, sino de Él, y, al encontrarle a Él, encontrar nuestro propio valor de hijo de Dios. Estamos hechos para lo eterno, no para lo temporal. Ya Jesús lo dijo: «Mi Reino no es de este mundo». Entonces. ¿Por qué debería yo de amar lo que hay en este mundo?

Es en Cristo que encontramos la plenitud de nuestras vidas, no en nuestro ego. Bajémonos de este trono, y comencemos esa búsqueda de aquel que un día nos alcanzó.

Amén

Si te gustó, por favor comparte!

Etiquetas