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Vida Catòlica octubre 22, 2025

Unidos a Dios en cuerpo y alma.

Amados hermanos, el día de hoy quiero unir la primera lectura con el Evangelio. Y es que tienen algo en común: la labor de administradores de Dios. Sí, aunque suene repetitivo con el mensaje que recibimos ayer, pero esta vez el Señor es incluso más exigente, bueno, exigente a los ojos nuestros, exigente ante nuestros ojos cuando estamos sentados en nuestro ego.

Hoy, en el día que recordamos a nuestro querido Papa San Juan Pablo II, recordaba uno de los mejores libros teológicos que he leído en mi vida y es «La Teología del Cuerpo». Y este libro se relaciona tanto con la primera lectura de hoy porque San Pablo nos menciona en el capítulo 6 de su carta a los Romanos que: Debemos poner nuestro cuerpo al servicio de Dios y no del pecado.

Esto significa muchas cosas, pero lo primero que tenemos que entender es que Dios nos ha dado un alma, pero también un cuerpo, y ambas deben ser santificadas por el bien común que es nuestra salvación. Nuestro cuerpo es tan esencial para nuestra salvación que Jesús mismo quiso mostrarnos cómo podemos santificarlo, puesto que quiso tenerlo (un cuerpo). En el libro de los Hebreos leemos:

No has querido sacrificios, ni ofrendas, pero en su lugar me has formado un cuerpo. No te han agradado los holocaustos ni los sacrificios por el pecado. Entonces dije: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad, como en el libro está escrito de mí.

Hebreos 10:5-7

Cristo siempre es nuestro maestro, pero un maestro que siempre se toma como ejemplo. Nos ha enseñado que nuestro cuerpo junto con nuestra alma deben trabajar juntos para nuestra salvación y San Pablo nos lo enseña a tal punto que dice: «Háganse esclavos de la Santidad». ¿Pero cómo? ¡Utilizando nuestro cuerpo!

¿Tenemos una voz? Podemos usarla para alabar, cantar, evangelizar.
¿Tenemos pies? Usemoslo para conducirnos a su voluntad.
¿Tenemos manos? ¡Que trabajen la viña del Señor!
¿Tenemos una sexualidad? ¡Usemosla para el fin de nuestra santificación!

Complementando con el evangelio de hoy, el Señor nos ha invitado a ser administradores fieles y nos invita a estar administrando bien ese cuerpo que hemos recibido. Él espera que al regresar, sus trabajadores estén usando su cuerpo para el bien que le interesa, y no mal gastando el tiempo. Pero la enseñanza más importante es:

El siervo que conociendo la voluntad de su amo, no haya preparado ni hecho lo que debía, recibirá muchos azotes; pero el que, sin conocerla, haya hecho algo digno de castigo, recibirá pocos.

La exhortación es para nosotros hermanos, si conocemos la voluntad de Dios a través de su Palabra y no utilizamos nuestro cuerpo para cumplirla, más se nos va a juzgar el día que nos toque estar en la presencia del Señor. Por eso mis hermanos, vivamos una vida donde nuestro cuerpo sea esclavo de la Santidad. Donde vivamos deseosos de hacer la voluntad de Dios. Utilicemos nuestro cuerpo para santificar nuestra alma, porque las obras nacen de nuestro corazón, pero se hacen con nuestro cuerpo.

Pidamos a Dios que fortalezca nuestra voluntad. Que nos ayude a ser personas de acción, esclavizados, pero de la Santidad, de su voluntad y no del pecado, para que el día que nos toque a la puerta, nos encuentre ocupados, atareados en sus quehaceres.

Amén

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