Un encuentro con la Palabra de Dios
El centurión de Cafarnaúm era un hombre de poder, acostumbrado a dar órdenes y a que le obedecieran. Sin embargo, cuando se acerca a Jesús, reconoce de inmediato una Autoridad que es mucho más grande y de un orden completamente distinto a la del ejército romano. Él entiende que el poder de Jesús no es físico o geográfico, sino un poder espiritual, el poder de la Palabra de Dios. Este oficial capta, con una fe asombrosa, que la Palabra de Cristo es la fuerza que crea, sana y transforma la realidad. Su grandeza está en que, aunque era un hombre de armas, su inteligencia lo llevó a rendirse ante la verdad de Jesús.
El momento cumbre de este pasaje es su frase humilde y profunda: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra…» Esta expresión es tan esencial que la Iglesia la ha tomado como propia y la repetimos en cada Misa, justo antes de la Comunión. Es nuestro acto de fe. Al decirla, el creyente reconoce su propia debilidad: que el corazón, el «techo» de nuestra alma, no merece la visita de Jesús, Su presencia física.
Esta humildad no nos condena, sino que nos abre al inmenso Amor de Dios. Es al reconocer que no merecemos Su presencia donde se manifiesta la gran riqueza de Su Misericordia. Confiamos en que al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, Su Palabra hecha Carne nos sana y nos alimenta, tal como el centurión confió en el poder sanador de una simple orden de Jesús. La Eucaristía nos enseña cada día esta profunda humildad.
La fe de este hombre, que no era judío, provoca en Jesús una reacción profética muy importante. Primero, Jesús se admira de esta fe que no ha encontrado «en Israel», mostrando que la fe verdadera no depende de dónde naces, sino de qué tan abierto está tu corazón. Segundo, anuncia el futuro de la salvación: «Vendrán muchos de Oriente y Occidente y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el banquete del Reino.» Este soldado extranjero es el primer signo de que el Reino de Dios es para todos.
En resumen, este Evangelio nos enseña el modelo de la fe cristiana. Nos muestra que la fe es, primero, reconocer el poder total de Jesús; segundo, practicar una profunda humildad, como la que expresamos antes de comulgar; y tercero, entender que la salvación es universal, que la Iglesia, desde sus inicios, está llamada a acoger a todos los pueblos en la mesa del Señor.
Paz y Bien!
Amén