Somos enviados a transmitir el Evangelio de Cristo, no el nuestro.
Mis hermanos, la cita del Evangelio de hoy es una que ya es muy familiar para nosotros, muy familiar e identificativa para nosotros como Católicos. Jesús envía a los doce, de dos en dos, y les dio autoridad para expulsar demonios, curar enfermos y anunciar el Reino de Dios.
Podría terminar aquí, podría asumir que esto está muy claro, pero desafortunadamente, me temo que no es así. Me temo que muchas veces caemos en la tentación de ser indiferentes con la Palabra que Dios nos manda en el Evangelio. Recordemos que nuestro presente, nuestra actualidad, está llena de sensacionalismo y relativismo, y muchas veces caemos en ello sin darnos cuenta, y esto es lo que nos hace indiferentes a la Palabra de Dios, la cual es actual y viva; no está atrapada en el tiempo del envío de los doce, sino que, es tan actual que aplica a nuestro presente, con nuestros retos, con nuestros desafíos.
El demonio y las enfermedades también son actuales. No hay que tener un ataque casi epiléptico para creer que estoy poseído por el demonio, tampoco es preciso estar en cama o en un hospital para decir que estoy enfermo. Y para el desarrollo de esta meditación quiero apoyarme mucho en nuestro santo padre, el Papa Francisco.
Con el diablo no se dialoga, repetía mucho el Papa Francisco. Con el diablo no se dialoga porque es un mentiroso y virtuoso para el engaño. Al diablo se le reprende y se le expulsa, pero es muy astuto, porque toca a la puerta delicadamente disfrazado de bien, de caridad, de ideologías, de pensamientos, de buenas intenciones, de trabajos bien remunerados y formalismos.
¿Cuántos enfermos por culpa del deseo y la lujuría?
¿Cuántos presos de sus vicios?
¿Cuántos son esclavos de su dinero?
¿Cuántos están enfermos por sus preocupaciones?
¿Cuántos se están quitando la vida hoy, por no encontrar una salida a todos sus problemas?
El Señor nos ha mandado y nos ha dado potestad de liberarnos de estas posesiones diabólicas y de todas estas enfermedades. El Señor nos ha enviado y tenemos que tener la viva certeza de que con Él, el diablo no tiene potestad en nuestras vidas, porque si somos del Señor, lo seremos en esta vida y en la otra. Tenemos que primero curarnos a nosotros mismos y una vez curados, tomarnos el antídoto diariamente, que es la oración, el rosario y la comunión frecuente. Nuestra Iglesia es el medio, los sacramentos nos mantienen en el camino de la Verdad, en el camino para ese encuentro con Cristo.
Limpiarnos a nosotros mismos, dejarnos transformar y formar, a como lo hicieron los doce, y luego ir, y hacer lo mismo con nuestros hermanos, a través de nuestro testimonio, de nuestros sacrificios, de nuestras oraciones, de nuestras visitas, de nuestros rosarios, de nuestras intenciones, de nuestras demostraciones de amor. Porque la Verdad nos hace libres y ser libre nos llena de amor, y el que tiene mucho amor, se le desborda.
El Señor nos envía a anunciar el Reino de Dios, y el Señor nos ha enseñado, nos ha educado, y el Evangelio lo hemos aprendido de Él, lo aprendemos hoy, de nuestra Santa y Madre Iglesia. Y es este el Reino que debemos anunciar, el de Cristo, no el nuestro. Hermanos, no acomodemos el Evangelio a nuestro gusto y antojo. No ocultemos la Verdad. Seamos hijos de la Luz, seamos hijos de la Iglesia, miembros y parte de este cuerpo místico de Cristo.
El Papa Francisco decía en el Ángelus del 15 de Julio del 2018:
El discípulo misionero tiene antes que nada su centro de referencia, que es la persona de Jesús. Así que el ir y el obrar de los Doce aparece como el irradiarse desde un centro, el reponerse de la presencia y de la obra de Jesús en su acción misionera. Esto manifiesta cómo los apóstoles no tienen nada propio que anunciar, ni propias capacidades que demostrar, sino que hablan y actúan como «enviados», como mensajeros de Jesús.
Amados hermanos, estamos aquí para extender el Reino de Dios en la tierra; seamos todos parte de esta misión que nos encamina al cielo, a nuestra patria eterna.
Amén