Sepamos reconocer a Dios en nuestras tempestades
Aunque no parezca, hoy las dos lecturas tienen mucho en común. En la primera lectura leemos aquel famoso pasaje cuando el profeta Daniel ha sido mandado a las fosas para ser devorado por los leones y, en el evangelio, encontramos un pasaje de catástrofe, igual a ser devorado por las fauces de un león.
En ambas, Dios nos invita a no perder la fe, a no apartar nuestra mirada de Él. Porque no hay mayor desgracia para nuestra vida que el vivir sin el Señor, que vivir sin tener una fe firme en el Señor. Ni una catástrofe, ni las fauces de un león, son tan peligrosas y angustiantes, que vivir apartado del Señor.
Existe un miedo que es el único que santifica, y es el miedo producido por el don del temor a Dios. El miedo a vivir apartado de Él, porque sin Él no somos nada. El miedo de saber que si Dios se aparta aunque sea un milimetro de nosotros, estamos perdidos, es peor que una catástrofe. Cuando nos abandonamos y vivimos en unión con Dios, no hay mayor temor que estar sin Él. Sin embargo, el temor a las desgracias de este mundo no viene de Dios, sino del pecado. Amado hermano, si cada vez que lees un evangelio como el de hoy y sientes miedo, ese miedo no es santo. Te invito a la confesión, al arrepentimiento y a hacer la voluntad de Dios. Porque el miedo, el terror a las catástrofes, vienen del pecado, del saber que nuestra alma se consumirá.
Jesús lo dice claro hoy: «Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza.» Esta invitación a poner atención y levantar la cabeza es propia de aquel que confía en Dios, porque solamente el que confía en Él sabe reconocerlo en la tempestad. El Señor puede acercarse a nosotros hoy, mis hermanos, pero nuestras angustias no nos dejan verle, nuestra fe no es capaz de reconocerle. Este llamado de Jesús es a la oración, a los sacramentos, para aumentar nuestra fe, para poder estar unidos a Él, para aprender a reconocerle en medio de todas y cada una de nuestras tempestades. Recordemos a aquellos discípulos de Emaús, no lo reconocieron hasta que Cristo resucitado bendijo el pan.
Que el Señor nos dé la gracia de poder vivir unido a Él, de vivir atados a Él, para que el día que se nos manifieste en nuestra vida, sepamos reconocerle y en lugar de atemorizarnos, sepamos rendirle honor y gloria.
Paz y Bien!
Amen