Seamos testimonio de Cristo, con el amor.
Hoy, Dios nos regala una Palabra muy linda y muy especial, en ambos textos, primera y segunda lectura. Hoy, la Palabra se centra en el amor. Verbo que resume nuestra vida, considerando que nuestra vida es Cristo y Cristo es Dios, y Dios es amor. Todo lo que es amor, lleva a Dios, pues es la fuente del amor y nadie puede amar, si no recibe el amor de quien es la fuente.
En la primera lectura, San Pablo exhorta a los Romanos:
No tengan con nadie otra deuda que la del amor mutuo, porque el que ama al prójimo, ha cumplido ya toda la ley; pues quien ama a su prójimo no le causa daño a nadie. Así pues, el cumplimiento pleno de la ley consiste en amar.
Y en el Evangelio, Jesús nos dice:
«Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo. Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo».
Hermanos, estamos tan acostumbrados a escuchar la palabra «amor», pero probablemente no la conocemos verdaderamente, porque no se puede conocer el amor si no hemos conocido a Cristo, que es el amor. Ya decía San Juan en su primera carta: «Hemos conocido al amor, y hemos dado testimonio de Él». Entonces, no podemos dar testimonio del amor, si no nos damos la tarea de conocer a Jesús, de ser como Él, de entregarnos a Él, de ser un bienaventurado, como nuestra Madre, Reina del Cielo.
Hermanos, el amor que vende el mundo no es amor, ese amor tiene caducidad y es interesado. El amor que escuchamos en los temas mundanos, no es ni siquiera, un reflejo de amor. Cuando Dios habla de amor, habla de la verdad, del amor que transforma, del amor inagotable.
Yo los invito, amados hermanos míos, a acercarnos a la persona de Cristo; lo encontramos en los Evangelios, pero también en nuestro prójimo. Descubramos a Cristo, conozcámoslo, para que seamos testigos de Él. Es aquí, en este hecho, el de conocer a Cristo, que conoceremos al amor, y nuestro amor será Cristocéntrico, como el que exige Jesús en el Evangelio de hoy, porque el que no ama no puede cargar cruz, el que no ama no puede negarse a sí mismo, el que no ama no puede cumplir la ley, el que no ama no puede ser discípulo de Cristo.
Siempre, que hablo de amor, me lleva a mi padre espíritual, San Francisco de Asís, quien fue uno de los que más ha vivido en carne propia el Evangelio de Cristo y es uno de los más grandes testigos del Amor. Palabras bellas son las que me quedarón de Él:
La dicha perfecta consiste en amar y sobrellevar las injurias. Vivir con paciencia la tribulación. La dicha perfecta está en abrazar la cruz, como Cristo la abrazó hasta la muerte y compartir los dolores con Él, por amor, con humildad.
San Francisco de Asís
¡A Dios sea toda honra, gloria y honor! ¡Loado seas, mi Señor!
Amén