Reducirnos a nada, para ganarlo todo.
Jesús comienza con una comparación sorprendente. Nos dice que Juan el Bautista es el hombre más grande de la historia antigua, un gigante de la fe. Sin embargo, añade que el más pequeño de nosotros, si estamos con Él y nos abandonamos por Él, es aún más grande. ¿Cómo es posible? Porque Juan era el que anunciaba la llegada del Rey, pero nosotros, gracias al Bautismo, somos hijos del Rey. Y esto nos llena del Espíritu Santo y cuando nos dejamos llevar verdaderamente por el Espíritu Santo, nuestra vida evoluciona; es marcada por la humildad, por la obediencia y por el amor. Hacernos pequeños, hacernos nada, casi desapercibido, nos hace más, porque Dios enaltece al humilde y despide vacío al soberbio.
La lucha contra la comodidad. Cuando Jesús dice que el Reino de los cielos «exige esfuerzo» o que los «violentos lo arrebatan», no nos pide que peleemos contra otros. Se refiere a una lucha interna: la batalla contra nuestra propia pereza y egoísmo. Pensemos en un deportista que quiere ganar una medalla; tiene que vencer el sueño para entrenar y decir «no» a muchas cosas ricas pero poco sanas. Para amar de verdad y seguir a Jesús, no podemos quedarnos cómodos en el sofá viendo pasar la vida. Hace falta esa «fuerza» del corazón para levantarse, perdonar cuando cuesta y ayudar cuando estamos cansados.
Juan, el puente necesario, Jesús identifica a Juan con Elías, el gran profeta que todos esperaban. Juan es el puente entre las antiguas promesas y la realidad de Jesús. Su misión fue preparar el terreno. Esto nos enseña que, para que Dios entre en nuestra vida, a veces necesitamos «limpiar la casa» primero. Juan nos invita a esa preparación: reconocer que necesitamos ayuda, que no somos perfectos y que necesitamos a alguien que nos salve. Sin esa humildad de Juan, es difícil ver la grandeza de Jesús.
Escuchar con el corazón. La lectura termina con la frase: «El que tenga oídos, que oiga». Jesús no habla de la capacidad física de oír, sino de tener el corazón despierto. Vivimos rodeados de mucho ruido, noticias y distracciones que nos aturden. Tener «oídos» para el Evangelio significa detenernos un momento, hacer un poco de silencio y preguntarnos: «¿Qué me está diciendo Dios hoy en medio de mis problemas o alegrías?» Solo el que escucha con atención puede descubrir que Dios está mucho más cerca de lo que imaginamos.
Paz y Bien
Amén
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