Que nuestras obras justifiquen nuestras fe
En el Evangelio de hoy, Jesús nos sitúa con gran sencillez ante la imagen de la viña, que no es otra cosa que el mundo, nuestra historia y nuestra propia vida, donde Dios Padre nos invita a trabajar. No nos llama como un jefe que exige rendimientos, sino como un Padre que desea hacernos partícipes de su amor y de su obra creadora. La pregunta que Jesús lanza a los sumos sacerdotes —y hoy, a cada uno de nosotros— nos obliga a mirarnos en un espejo: ¿Quiénes somos verdaderamente ante la llamada de Dios? No se trata de qué título llevamos ni de cuánto tiempo hemos asistido a la Iglesia, sino de la disposición real de nuestro corazón hacia la Voluntad Divina.
Nos encontramos primero con el hijo que responde con prontitud: «Sí, Señor, voy», pero no se mueve. Esta figura es una advertencia dolorosa y necesaria. Representa el peligro de una fe que se queda en las palabras, en la liturgia vacía o en la costumbre social, pero que no transforma la vida. Hermanos, la fe no es una idea ni una teoría, sino un encuentro con una Persona que nos cambia. Decir «sí» a Dios con los labios mientras nuestro corazón permanece lejos y nuestras acciones siguen siendo egoístas, es vivir en una mentira. Dios, que es la Verdad misma, no busca la cortesía de nuestras palabras, sino la verdad de nuestra obediencia vivida en el amor.
Por el contrario, el segundo hijo dice inicialmente «no». Es la imagen de nuestra rebeldía humana, de ese momento en que sentimos que la ley de Dios es una carga pesada y preferimos nuestra propia comodidad. Sin embargo, en este hijo ocurre el milagro silencioso de la conversión. A pesar de su rechazo inicial, algo se mueve en su interior; reflexiona, se arrepiente y finalmente va a la viña. Este hijo nos enseña que el cristianismo no es un moralismo rígido donde el error es definitivo, sino un camino de retorno constante. Dios valora más un corazón que, reconociendo su debilidad, decide volver a Él, que una perfección aparente que nunca se ha ensuciado las manos.
Por eso, la sentencia de Jesús resulta tan escandalosa para los «religiosos» de su tiempo y tan esperanzadora para nosotros: «Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de Dios». No es que Jesús aplauda el pecado, sino que reconoce la humildad. Aquellos que han tocado fondo, que saben que no tienen méritos propios y que dependen totalmente de la misericordia, suelen tener el corazón más abierto a la conversión que aquellos que se creen justos y satisfechos. La puerta del Reino se abre no para quienes creen que ya lo saben todo, sino para quienes, a pesar de sus negativas iniciales, se dejan transformar por la gracia y caminan hacia la viña.
Hermanos, hoy es un día propicio para preguntarnos: ¿Cuál de los dos hijos soy yo en mi vida cotidiana? Tal vez hemos sido como el primer hijo, llenos de buenas intenciones que no se concretan, o como el segundo, rebeldes pero capaces de rectificar. La buena noticia del Evangelio es que, mientras hay vida, hay tiempo para el arrepentimiento. Dios no se cansa de esperar nuestro regreso. No tengamos miedo de reconocer nuestra fragilidad; más bien, temamos a la soberbia de creer que ya somos suficientemente buenos. Dejemos que la Palabra de hoy rompa nuestra fachada y nos ponga en camino, pues trabajar en la viña del Señor, aunque arduo, es la única labor que da verdadera alegría al corazón humano.
Paz y Bien!
Amén
Etiquetas
Secciones
Más Leídos
Nuestra Señora de Cuapa, 8 mayo de 1980
Novena de la Inmaculada Concepción de María
10 versículos de la Biblia para conquistar el desánimo espiritual
Oración a Nuestra Señora de La Merced
NOVENA A LA PURÍSIMA CONCEPCIÓN
Martes de la I semana del tiempo ordinario
Lectura del primer libro de Samuel
1 Samuel 1, 9-20 En aquel tiempo, después de tomar la comida ritual en Siló,...
Lectura del santo evangelio según san Marcos
Marcos 1, 21-28 En aquel tiempo, se hallaba Jesús en Cafarnaúm y el sábado fue...