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Vida Catòlica diciembre 13, 2025

Preparemos los caminos para el Señor

La figura de Juan el Bautista nos recuerda que la verdadera misión del cristiano no es ser la luz, sino ser el testigo de la Luz. En un mundo obsesionado con la imagen propia y la influencia, Juan actúa como un «dedo que señala»: toda su existencia tiene sentido solo en función de Aquel a quien anuncia. Para nosotros, esto significa que en nuestras tareas —ya sea como padres, catequistas o líderes en el trabajo— el éxito no se mide por cuántos nos siguen a nosotros, sino por cuánto facilitamos que otros se encuentren personalmente con Dios. Juan cumple su misión paradójicamente: triunfa cuando «pierde» a sus seguidores para que sigan al Maestro.

El Papa Francisco pone el dedo en la llaga al hablar de la «libertad respecto a los apegos». A menudo, disfrazamos nuestra necesidad de reconocimiento bajo la capa del servicio. Nos creemos indispensables y sentimos que, si no estamos al mando, las cosas no funcionarán. Sin embargo, aferrarse a un cargo o a un rol pastoral termina bloqueando la gracia, porque convertimos el servicio en un pedestal para nuestro ego. La libertad espiritual que enseña Juan consiste en trabajar con pasión total, pero con la maleta lista para irse, sabiendo que la obra es de Dios y no nuestra propiedad privada.

Esta actitud de «hacerse a un lado» es la prueba de fuego de la gratuidad del amor. El amor que no sabe retirarse a tiempo corre el riesgo de volverse posesivo o controlador. Al igual que unos padres deben saber dar un paso atrás para que sus hijos maduren y vuelen, el evangelizador debe saber callar para que sea la Palabra de Jesús la que resuene. Retirarse no es abandonar el barco ni indiferencia; es el acto supremo de confianza en que el Espíritu Santo es quien realmente guía los corazones, mucho mejor de lo que nosotros podríamos hacerlo.

Cultivar la virtud de despedirse requiere una profunda humildad y vida de oración. Solo quien está lleno de Dios no necesita llenarse de aplausos humanos. Juan el Bautista se define a sí mismo como «el amigo del novio» (Jn 3, 29); su alegría es escuchar la voz del esposo, no suplantarlo. Aprender a desaparecer en el momento oportuno evita que nuestra sombra oscurezca la luz de Cristo. Es entender la lógica del Evangelio: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya».

Finalmente, esta enseñanza es una invitación a vivir un servicio alegre y sin ansiedades. Cuando nos quitamos el peso de tener que ser los protagonistas, experimentamos una paz inmensa. Ya no servimos para «ser alguien», sino por gratitud a quien nos amó primero. Que en nuestras comunidades aprendamos este arte de abrir la puerta y hacernos a un lado, contentos de ser simplemente siervos inútiles que han cumplido con su deber, dejando el escenario listo para el único Protagonista que puede salvar: Jesucristo.

Paz y Bien!
Amén.

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