Obreros del Señor
Al contemplar este pasaje, lo primero que nos golpea es la mirada de Jesús. El Evangelista nos dice que Él ve a las multitudes y siente compasión, porque están «extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor». ¿No es esta una descripción precisa de nuestro hombre contemporáneo? A pesar de estar hiperconectados y rodeados de tecnología, a menudo nos encontramos profundamente solos, corriendo de un compromiso a otro, extenuados por la búsqueda de un éxito que no sacia y abandonados en un universo que, sin Dios, parece mudo. Jesús no mira a la muchedumbre como una masa sociológica, sino que ve la sed de infinito en cada corazón. Su compasión no es lástima superficial; es una conmoción de sus entrañas, es el amor de Dios que sufre con nosotros y desea guiarnos hacia los pastos de la verdadera Vida.
Ante esta inmensidad de la necesidad humana, Jesús pronuncia una frase enigmática: «La mies es mucha y los obreros pocos». Podríamos pensar, con una lógica empresarial, que Dios ha calculado mal sus recursos humanos. ¿Por qué el Omnipotente depende de un puñado de hombres frágiles para una tarea tan grande? Aquí reside el misterio de la libertad divina: Dios no quiere salvar al mundo sin nosotros. Imaginad a un padre que está arreglando el jardín; podría hacerlo solo y más rápido, pero invita a su hijo pequeño a ayudarle, no porque necesite su fuerza, sino porque desea compartir la alegría de la obra con él. Ser «obrero de la mies» no es un empleo, es la dignidad inmensa de ser colaboradores de la Verdad y amigos del Esposo.
El mandato de Jesús a estos nuevos obreros contiene el secreto de toda misión cristiana: «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis». En nuestra vida cotidiana, estamos acostumbrados a la lógica del mercado: doy para recibir, trabajo para cobrar, amo para ser amado. Pero el Evangelio rompe esta cadena. La misión no comienza con nuestro esfuerzo heroico, sino con la recepción humilde de un don. Antes de enviarlos a curar, Jesús los llama a estar con Él. Solo quien se sabe amado gratuitamente, sin mérito propio, puede mirar al prójimo sin querer poseerlo ni utilizarlo. Si intentamos evangelizar o ayudar a los demás sin haber experimentado primero esta gratuidad del amor de Dios en la oración, terminaremos entregando solo nuestra propia fatiga, no la frescura del Evangelio.
Jesús nos envía a «curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y echar demonios». Quizás piensen: «Yo no soy un taumaturgo, soy un contador, una maestra, una madre». Sin embargo, el milagro que el mundo necesita hoy es a menudo invisible a los ojos, pero esencial para el alma. «Resucitar muertos» hoy significa devolver la esperanza a ese colega de trabajo que vive en el cinismo y la desesperanza; «limpiar leprosos» significa acercarse a aquel familiar que todos evitan por su carácter difícil o sus errores pasados. Cada vez que ustedes, en medio de su rutina, ofrecen un perdón no merecido, una sonrisa en medio del estrés o un silencio que escucha en lugar de juzgar, están ejerciendo este poder divino. Están haciendo presente el Reino de los Cielos en la tierra árida de la indiferencia.
Finalmente, no olvidemos que la primera instrucción no fue «id», sino «rogad». «Rogad, pues, al Dueño de la mies». Benedicto XVI nos recordaba siempre que la prioridad es la adoración. El activismo sin oración es estéril. Antes de hablar de Dios a los hombres, debemos hablar de los hombres a Dios. Les invito hoy a que, en el silencio de su corazón, presenten al Señor los rostros de aquellos que se sienten como ovejas sin pastor en sus propias vidas. Al rezar por ellos, descubrirán que Dios ya está enviando un obrero para cuidarlos, y tal vez descubran con asombro que ese obrero, a pesar de toda su debilidad, son ustedes mismos, portadores de una Luz que no es suya, sino recibida y regalada.
Paz y Bien!
Amén
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