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Vida Catòlica enero 9, 2026

Nuestra voluntad vs la voluntad de Dios

El encuentro entre el leproso y Jesús no es solo una curación médica, sino un drama teológico de primer orden. El leproso, considerado impuro y excluido radicalmente del culto y la comunidad, se postra «rostro en tierra». Su oración es perfecta en su dogmática: «Señor, si quieres, puedes curarme». Sin duda, el acto del leproso no es movido por su propia carne. Su alma sabe reconocer la presencia de una fuerza que controla todo y es omnipotente. El leproso, entonces, no duda del poder (puedes), pero se somete totalmente a la libertad divina (si quieres). No exige, no reclama derechos; se abandona. Benedicto XVI vería aquí la esencia de la verdadera oración cristiana: reconocer la omnipotencia de Dios, pero dejando el «cómo» y el «cuándo» a su voluntad amorosa. Es un eco anticipado de la oración de Getsemaní: «No se haga mi voluntad, sino la tuya».

La respuesta de Jesús rompe con siglos de barreras rituales: «extendió la mano y lo tocó». Según la Ley antigua, tocar a un leproso hacía impuro al que tocaba. Sin embargo, en Cristo ocurre lo contrario: la santidad de Jesús es «contagiosa». Él no contrae la impureza, sino que transmite la pureza. Al tocar la carne herida, Dios nos dice que no le tiene miedo a nuestra miseria, ni siquiera a aquella que nos avergüenza más profundamente. Este gesto es el misterio de la Encarnación en acto: Dios desciende, toca nuestra fragilidad y, al asumirla, la sana. El «Quiero» de Jesús es la afirmación definitiva de que la voluntad de Dios para el hombre es la vida y la integridad, no la degradación.

La instrucción de ir a presentarse al sacerdote revela que la salvación no es un asunto meramente privado o individualista. La lepra aislaba; la curación reintegra. Jesús quiere que el hombre sanado recupere su lugar en el pueblo de la Alianza. La fe, aunque nace en el encuentro personal, siempre nos devuelve a la comunidad, a la Iglesia. La obediencia a la prescripción de Moisés muestra también que Jesús no viene a destruir la historia sagrada, sino a llevarla a su plenitud, convirtiendo la norma legal en un testimonio de la gracia.

Finalmente, el evangelio cierra con un contrapunto fascinante: mientras la fama crece y las multitudes presionan, Jesús «se retiraba a lugares solitarios para orar». Podría parecer una huida inoportuna en el momento de mayor éxito pastoral. Sin embargo, aquí reside el secreto de su ministerio. La acción de Jesús no es activismo; brota de su «estar» con el Padre. Él nos enseña que solo quien sabe habitar el silencio y la soledad con Dios puede luego entregarse a los demás sin vaciarse ni perderse. El desierto no es un lugar de vacío, sino la fuente donde se renueva el amor que luego se derrama sobre las multitudes.

¡Paz y Bien!

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