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Vida Catòlica diciembre 12, 2025

¿No estoy yo aquí que soy tu madre?

Es mucho lo que yo le debo a mi Madre, en la advocación de nuestra Señora de Guadalupe. Y es mucho lo que nosotros en América le debemos. María siempre ha estado para nosotros, sus hijos, para que podamos a través de ella, acercarnos a aquel que nos redimió y nos dio la vida. Desde el principio del cristianismo, junto con los apóstoles, María ha estado junto a sus hijos, para que el Espíritu Santo pueda derramarse con todas sus fuerzas. María, un día como hoy, sentó las bases del cristianismo en América. Una tierra que estaba inundada de dioses e ídolos, pero María vino a mostrarnos quién es el verdadero Dios.

Algo muy importante del contexto histórico del 12 de diciembre de 1531 era que, en Europa, el auge de la reforma luterana estaba trazando hilos de separación, pero en América, estaba naciendo un nuevo sol, un sol que no se ha apagado hasta el día de hoy y que ha marcado la vida de muchos mexicanos, de muchos latinos. Y es que la fe no mira raza ni color, sino el corazón, y el hecho histórico que ocurrió aquel 12 de diciembre, inició un camino que coronará con el retorno de nuestro Señor y que ninguna reforma protestante y ningún hecho en nuestra vida va a impedir.

El día de ayer, en el evangelio, Jesús nos decía que: «no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él.» Esto es muy interesante, porque nuestra Madre ha llamado a Juan Diego de la siguiente manera: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive.» María, en su plenitud de gracia, sabe que Juan Diego es el más pequeño de sus hijos, porque sabe lo grande que es ante los ojos de Dios.

Hoy, hermanos, San Juan Diego nos enseña mucho de humildad y obediencia. Este relato de amor, este encuentro de San Juan Diego con nuestra Madre, nos enseña muchas cosas. Muchas veces, nuestras vidas pueden parecer agitadas o distorsionadas, pero debemos y tenemos la obligación, como cristianos católicos, de que nuestra Madre nunca nos abandona, ella está pendiente de todo lo que nos falta y ella siempre intercede por nosotros. Si nos fijamos muy bien, el mayor deseo de María es que lleguemos al Padre, el mayor deseo de la Virgen era construir ese templo, para adorar a nuestro Dios y su poder se manifestara de generación en generación. Así, nuestra Madre siempre va a abogar por nosotros siempre. Nos va a pedir que subamos a lo más alto del cerro para recoger esas flores que nos acercarán al templo más precioso y el que más desea Dios, que es nuestro cuerpo, para que habite Él.

¿Cuántas veces no hemos venido con excusas? Solo sabemos explicarles nuestras preocupaciones a nuestra Madre, pero ello ya lo sabe todo, y siempre nos dice: «No se turbe tu corazón, ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?» No dudemos más, hermanos, abandonémonos al Señor, a nuestra Madre, porque ella nos cobija y nos guarda siempre y sabe poner ante Dios nuestras necesidades. Dios no sabe resistirse ante la petición de su más bella y amada criatura. Amemos a nuestra Madre amando al prójimo, haciendo la voluntad de Dios y viviendo una vida de Evangelio, de sacrificio y de humildad.

Que nuestra Madre, la siempre virgen, la Guadalupana, siempre nos guarde en su regazo y nos acompañe en este peregrinaje de esperanza.

Virgen de Guadalupe,
Ruega por nosotros

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