No escondas la luz que has recibido
Jesús es claro: nadie enciende una lámpara para taparla. Su imagen es sencilla y, a la vez, decisiva: la fe está hecha para alumbrar. Taparla es traicionar su naturaleza.
El Papa Francisco nos advertía contra los hábitos que sofocan la luz: posponer el bien (“mañana”), urdir mal contra quien confía en mí, permitir que la envidia y los celos oscurezcan el corazón. La luz recibida en el Bautismo —fe, esperanza, caridad— no es un objeto privado, sino un don que se acrecienta cuando se comparte.
Señor Jesús, Tú encendiste en mí una lámpara. No la hiciste para quedar escondida, sino para alumbrar. Sin embargo, reconozco cuántas veces la tapo con la vasija del “mañana”: pospongo el bien, difiero el perdón, dejo para después la llamada que puede consolar. O la escondo debajo de la cama de la comodidad: elijo lo fácil, me distraigo, me justifico. También la oscurecen hábitos del corazón: pequeñas envidias, comparaciones, celos, pensamientos que rebajan a quien confía en mí. Todo eso apaga la luz.
Hoy me dices: “Pon la lámpara en el candelero”. Los Padres de la Iglesia nos recuerdan que la lámpara es tu Palabra (la de Dios) y también la vida del discípulo; el candelero es la comunidad donde tu Evangelio se escucha, y es también mi cruz de cada día: elevar la lámpara cuesta, pero desde ahí alumbra más. Dame la gracia de no protegerme de la luz con excusas. Que mi fe no sea un objeto guardado, sino una llama que se entrega.
“Nada hay oculto que no llegue a descubrirse”. No lo dices para avergonzar, sino para liberar. La verdad de mi vida —lo que amo, lo que rehúyo, lo que temo— saldrá a la luz contigo, que eres manso y fiel. Por eso te abro mi interior: muéstrame dónde estoy cubriendo tu claridad con mis sombras. Si he urdido mal en el pensamiento, si he demorado el bien, si he dejado crecer un resentimiento, tráelo a tu luz. Quiero vivir de cara a Ti.
“Miren cómo escuchan”. Escuchar, para Ti, es poner por obra. El que tiene es quien guarda tu Palabra en obras; a ése le das más. “El que no tiene” es quien se queda en la idea, sin practicar; de ese corazón la luz se va apagando. Enséñame a escuchar con las manos: una decisión concreta vale más que mil propósitos vagos.
Señor, dame aceite para la lámpara. Aceite de oración fiel y constante; de paciencia cuando algo me irrita; de mansedumbre cuando me provocan; de esperanza cuando el día pesa. Esa es la luz que edifica: no la estridencia, sino la constancia humilde. Quiero que quien entre en mi casa, en mi trabajo, en mis conversaciones, pueda ver un resplandor tuyo.
Hoy elijo tres pasos sencillos para no esconder la luz:
- Hacer un bien pospuesto (esa ayuda, ese mensaje, esa reconciliación).
- Elevar la lámpara con una palabra de esperanza donde suelo callar o criticar.
- Quitar una vasija: renunciar a una excusa concreta que me apaga (pereza, envidia, prisa).
Jesús, que tu Espíritu mantenga encendida la llama recibida en el Bautismo. Que tu luz me visite por dentro y salga por fuera: en el gesto oportuno, en la palabra justa, en el silencio que cuida. Al que tiene, le darás más: dame, entonces, la gracia de usar lo que me das para tu gloria y el bien de los demás.
Amén.