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Vida Catòlica enero 2, 2026

La voz que clama en el desierto

El diálogo entre Juan el Bautista y la delegación oficial de sacerdotes y levitas de Jerusalén es un modelo de honestidad espiritual. Ante la tentación del poder y la fama religiosa, Juan define su identidad a través de la negación: «No soy el Mesías», «No soy Elías», «No soy el Profeta». En un mundo donde el ego busca constantemente afirmarse y ocupar el centro, el Precursor nos enseña que el primer paso para encontrar la verdad es reconocer lo que no somos. Al despojarse de títulos falsos, Juan se vuelve totalmente transparente, un instrumento puro que no retiene la mirada para sí, sino que la dirige hacia Otro. Su grandeza radica precisamente en su pequeñez asumida por amor a la verdad.

Cuando finalmente le presionan para que diga quién es, Juan no se atribuye un nombre propio, sino una función: «Yo soy la voz que grita en el desierto». Aquí resuena una distinción patrística muy querida por la teología: Juan es la voz, pero Cristo es la Palabra. La voz es pasajera, es solo el medio que vibra en el aire para transmitir el mensaje; una vez que la Palabra ha sido pronunciada y escuchada, la voz se apaga. Juan acepta ser ese sonido fugaz que despierta conciencias, prepara el oído del corazón y luego se retira al silencio. Su misión es «enderechar el camino», rectificar las torceduras del orgullo humano para que Dios pueda transitar hacia nosotros.

Sin embargo, la advertencia más profunda de Juan a los fariseos —y a nosotros— es esta: «En medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen». Estas palabras revelan el drama de la ceguera religiosa. Los expertos de la Ley, aquellos que estudiaban las Escrituras y esperaban al Mesías, son incapaces de reconocerlo aunque está «en medio» de ellos. Dios no está lejos, en un cielo remoto; está aquí, en la cercanía de lo cotidiano, en el prójimo, en la Eucaristía, en el momento presente. A menudo, nuestras ideas preconcebidas sobre cómo debe actuar Dios nos impiden ver su presencia real y humilde entre nosotros. El Bautista nos invita a aguzar la mirada interior para descubrir el Misterio que ya habita en nuestra historia.

Finalmente, la confesión de indignidad de Juan («no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias») no es una falsa modestia, sino el reconocimiento de la infinita distancia entre la criatura y el Creador, y a la vez, el asombro ante la novedad de Cristo. Desatar la sandalia era tarea de esclavos, pero también tenía una resonancia nupcial en la antigua ley. Juan entiende que Jesús es el Esposo que viene a unirse con la humanidad. Él, el amigo del Esposo, sabe que su alegría es disminuir para que Cristo crezca. Esta actitud de reverencia y servicio humilde es la única postura adecuada para acoger al Salvador que viene.

Paz y Bien,
Amén

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