La voluntad de Dios, nuestro deleite.
Hermanos míos, ¿qué diferencia podemos encontrar entre nuestros pecados y el maltrato en la piel de un leproso? Probablemente, antes los ojos de Dios no hay diferencias. Aquel leproso sabía que no podía acercarse a las personas sanas, puesto que se consideraban impuras. Ante este conocimiento, no hay diferencia entre nosotros y el leproso. Así le dijo San Pedro el día que Jesús se le acercó a la barca: «Apártate de mí porque soy un pecador» (Lucas 5,8)
Nuestro pecado, por naturaleza, nos aparta de Dios, y nosotros en la mayoría de las veces preferimos el pecado antes que hacer la voluntad de Dios. Sin embargo, Dios siempre es tan cercano, tan misericordioso que se permite acercarse a nosotros, y mantiene su oído atento a nuestras súplicas. Dios no es indiferente a nuestros pecados, pero nos acoje y se preocupa por nosotros. Jesús verdaderamente quiere sanarnos y no hay sanación más grande que la de aquel corazón corrupto, sucio, que ahora, por la cercanía de Dios, se llena de amor.
Este leproso nos enseña algo muy importante. Reconocer a Dios y deleitarnos en su voluntad. El leproso claramente quiere ser sano, quiere estar limpio, pero no antepone su deseo al de Dios. En cambio, pregunta: «Si quieres, puedes sanarme». Jesús, que todo lo sabe, conoce el corazón de ese hombre y sabe que su deseo es legítimo. Por eso dice el salmista: «Dios no se resiste a un corazón contrito y humillado» (Salmo 51:19)
Entonces aquí es donde nace la pregunta para nosotros. ¿Con qué corazón nos acercamos a Dios? ¿Con el deseo de nuestro bien y prosperidad o con el deseo de hacer la voluntad de Dios? San Pablo dice en su segunda carta a Timoteo «Yo sé en quien tengo puesta mi fe» (2Tm, 1,12). Este es el deleite de nuestro Señor, aquel corazón que se abandona en sus brazos, en su voluntad y que se vence a sí mismo. Como San Juan el Bautista decía: «Es necesario que yo disminuya, para que Él crezca».
Acerquemonos a Dios con un corazón nuevo. Dispuesto a amar, a perdonar y a darlo todo por él. Reconozcamos que nuestra vida depende de Cristo. Hoy, en medio de nuestras dificultades, cualquiera que sea, digamosle al Señor: «Si quieres, puedes sanarme».
¡Paz y Bien!
Amén