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Vida Catòlica noviembre 12, 2025

La obediencia es también, un acto de fe

«Vayan a presentarse a los sacerdotes», fue la orden que Jesús les dijo a los leprosos que le gritaban desde lejos: «¡Jesús, maestro, ten compasión de nosotros!».

Es importante aclarar que para los tiempos en los que se dieron estos hechos, los leprosos eran personas consideradas «impuras» y que no podían acercarse a las personas «puras», por eso desde lejos les gritaron a Jesús que tuviera compasión de ellos. Jesús, como respuesta, les da una orden: «Que se presenten a los sacerdotes». Esta orden pareciera cualquier cosa a los ojos de hoy, pero es importante resaltar que en aquel tiempo, los sacerdotes eran quienes impeccionaban a los leprosos para confirmar que estaban sanos, y por ende, que ya eran puros.

A los ojos de un leproso de aquella época, la orden de Jesús pareciera ilógica. Pensemos: Estoy leproso, soy impuro, y Jesús, el maestro, el que hace milagros, en lugar de sanarme. ¿Me manda a dónde un sacerdote? ¡Yo prefiero que me sane aquí! ¿Suena ilógico no? Así es, pero tenemos que pensar que la fe comienza donde la razón termina. Jesús, en cada sanación demanda de fe; el milagro lo hace la fe.

¡Cuánto nos cuesta muchas veces obedecer! Somos personas soberbias que ponemos por encima de una orden nuestra lógica. Todo calculamos, todo razonamos y nos consideramos sabios absolutos que pretendemos cuestionar todo. La razón busca la fe, la fe no busca la razón. San Juan Pablo II en reiteradas ocasiones mencionaba la expresión: «Recuperemos la inocencia de hijos de Dios».

Dios nos invita hoy a pedirle al Espíritu Santo que aumente nuestra fe. Y la mejor forma de hacer crecer una virtud es poniéndola en práctica. La obediencia es buen camino, porque la obediencia nos lleva a la humildad. Seamos dóciles a nuestros padres, a nuestros parrocos, a nuestros líderes, al Papa. Fíjense, que el único que se regresó a agradecerle a Jesús fue un samaritano, el cual, los samaritanos, eran vistos como lo peor en la época. Así, nosotros, por mucho que nos sintamos puros, no caigamos en la tentación de la soberbia, porque el que más indigno se siente es el que más agradecido siempre va a ser.

¡Señor, aumenta nuestra fe! ¡Fortalece nuestra voluntad! Para que seamos hijos inocentes, que no calculen, sino que solamente cumplan tu voluntad. No somos dioses para decidir qué es bueno y qué es malo, si no, hijos tuyos que buscamos de ti la fuente de toda verdad, la salvación. Haznos dóciles a tu Espíritu y fortalece nuestra fe a través de actos de obediencia, como lo hicieron los leprosos, sin cuestionar, sino obedeciendo.

Paz y Bien!
Amén

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