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Vida Catòlica febrero 5, 2026

La Misión Compartida y la Fuerza de la Pobreza

El envío de los Doce marca un momento decisivo: Jesús comparte su autoridad. No quiere actuar solo, sino asociar a los hombres a su obra de salvación. El detalle de enviarlos «de dos en dos» no es una estrategia práctica de seguridad, sino una definición teológica de la misión. La verdad cristiana nunca es solitaria; es siempre comunitaria. Para que el testimonio sea válido (según la ley judía se requerían dos testigos), debe reflejar la caridad. Si el Evangelio es amor, no puede ser predicado por francotiradores aislados, sino por una comunidad que vive ese amor. El primer mensaje que predican no son sus palabras, sino la unidad entre ellos.

La instrucción sobre el equipaje es radical: «no llevar nada para el camino». Ni pan, ni dinero, ni repuestos. Solo un bastón y sandalias. Esta desnudez material tiene un profundo significado espiritual: el apóstol debe apoyar su seguridad únicamente en la Providencia de Dios y no en sus propios recursos. El bastón y las sandalias evocan la imagen del Éxodo; son el equipo del peregrino que está de paso y que tiene prisa por anunciar la libertad. Al despojarse de seguridades humanas, el misionero se vuelve libre y creíble. Su pobreza es la prueba de que lo que ofrece (el Reino) es un tesoro mayor que lo que ha dejado atrás.

Jesús también les da poder sobre los «espíritus inmundos». Esto nos recuerda que la evangelización no es una mera labor social o educativa, sino un combate espiritual. La Iglesia es enviada a liberar al ser humano de las fuerzas oscuras que lo esclavizan: el miedo, el odio, el sin sentido. Al ungir con aceite a los enfermos y curarlos, los discípulos anticipan la dimensión sacramental: la gracia de Dios toca la carne herida para sanarla. La salvación que trae Jesús abarca a la persona entera, cuerpo y alma.

Finalmente, Jesús prepara a los suyos para el fracaso: «Si no los reciben… sacúdanse el polvo de los pies». Esta es una enseñanza de libertad interior inmensa. El discípulo no es responsable del éxito, sino de la fidelidad. Si el mensaje es rechazado, no debe caer en la amargura ni mendigar aceptación rebajando la verdad. Sacudirse el polvo es un acto de desapego y de juicio: el Reino ha pasado cerca, y quien lo rechaza asume su responsabilidad. El evangelizador debe ser libre del aplauso y libre del rechazo, centrado únicamente en la alegría de haber sido enviado.

Paz y Bien!

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