La incomparable cercanía de Dios con sus hijos.
El movimiento de Jesús hacia Galilea tras el arresto de Juan no es una simple retirada estratégica, sino el cumplimiento de una geografía teológica. Al dejar Nazaret y establecerse en Cafarnaúm, en la «Galilea de los paganos», Jesús elige deliberadamente la periferia, el lugar de la mezcla y la oscuridad, para iniciar su misión. Esto nos revela un rasgo esencial de Dios: la salvación no comienza en el centro del poder religioso o político (Jerusalén), sino en los márgenes, en la «tierra de sombras». Dios se hace presente allí donde la humanidad se siente más alejada y confundida, demostrando que ninguna oscuridad es impenetrable para su Luz. El cumplimiento de la profecía de Isaías confirma que la historia de la salvación es un plan coherente donde la antigua espera de Israel encuentra su respuesta definitiva en la persona de Cristo.
El mensaje inaugural de Jesús es conciso y urgente: «Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos». La palabra griega original, metanoeite, va mucho más allá de un simple arrepentimiento moral por los pecados cometidos. Significa un cambio fundamental de mentalidad, un giro del intelecto y del corazón. Convertirse es dejar de mirar la realidad desde nuestro propio ego y empezar a mirarla desde la perspectiva de Dios. Ratzinger nos recordaría que la «cercanía» del Reino no es una cuestión temporal (algo que va a pasar pronto), sino ontológica: Dios se ha hecho prójimo. El Reino está cerca porque el Rey está aquí, en la persona de Jesús. La conversión es, en esencia, abrir los ojos a esta Presencia que ya nos acompaña.
La actividad de Jesús une inseparablemente la palabra y el gesto: «enseñando… proclamando… y curando». La enseñanza en las sinagogas ilumina la mente, mientras que las curaciones restauran la integridad de la vida humana. Las enfermedades, que en la mentalidad antigua eran vistas a menudo como signos del dominio del mal o del pecado, retroceden ante la llegada del Reino. Jesús no es un filósofo que trae una nueva teoría, sino el Salvador que restaura la creación herida. Sus milagros son «signos» de que el dominio de la muerte y el sufrimiento ha comenzado a quebrarse; son anticipos de la resurrección y de la sanación total que Dios desea para sus hijos.
Finalmente, la atracción que ejerce Jesús sobre las «grandes muchedumbres» de todas las regiones —incluso de fuera de Israel, como Siria y la Decápolis— prefigura la universalidad de la Iglesia. La luz que brilla en Galilea no puede ser contenida; es una luz para las naciones. El dolor humano, en todas sus formas (físicas, mentales, espirituales), busca instintivamente al único Médico capaz de sanar la raíz del mal. Este pasaje nos invita hoy a situarnos entre esa multitud, reconociendo nuestras propias «sombras» y dolencias, y a permitir que la luz de Cristo realice en nosotros esa metanoia, ese cambio de mente y corazón que nos permite vivir ya desde ahora en su Reino.
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