La gracia del entregarse por los demás
En este día litúrgico, la Iglesia recuerda la memoria de San Martín de Porres. Y los santos, mientras estuvieron en vida con nosotros, también fueron pecadores, pero ellos supieron responder a la misericordia de Dios con la fe, la esperanza y la caridad. ¿Pero cómo nosotros podemos hacer eso también? Viviendo el Evangelio, siendo partícipes y protagonistas del Evangelio, siendo testigos de Cristo, siendo Cristo; porque cuando dejamos de leer el evangelio y en lugar, lo comenzamos a vivir, nos volvemos en un Cristo más
El Evangelio de Hoy es un claro ejemplo para describir a San Martín de Porres. Jesús nos invita a no ser corteses y entregados a aquellos que nos puedan devolver lo mismo que hemos dado, al contrario, a dar a aquellos que no pueden pagarnos o devolvernos algún favor. Es el más necesitado el que busca consuelo, el más necesitado es el que necesita de un abrazo, de compañía. Jesús nos invita hoy al acto de cercanía con aquel que más lo necesita; sin embargo, deja de nuestro lado el deseo. Jesús se queda con lo que vamos a descubrir y no lo menciona. ¿A qué me refiero, hermanos? Hay cosas de fe que no pueden ser escritas en palabras, sino solamente vividas.
San Martín de Porres es un vivo ejemplo de este evangelio y un testigo de lo enriquecedor que es, entregarse, abandonarse y negarse a sí mismo, por el bien de los demás. Cuando nos dejamos llevar por la gracia del Señor, encontraremos el mejor consuelo en los demás, en lo que damos, porque es ahí donde se vive la verdadera riqueza, cuando nos entregamos por completo, porque hay algo más grande que nadie puede dar, y solo Dios puede. Eso grande, nunca es igual, eso grande, siempre es diferente para con cada uno de nosotros.
Decía San Juan XXIII en la homilía de la canonización de San Martín de Porres:
Martín nos demuestra con el ejemplo de su vida que podemos llegar a la salvación y a la santidad por el camino que nos enseñó Cristo Jesús: a saber, si, en primer lugar, amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y si, en segundo lugar, amamos al prójimo como a nosotros mismos.
San Martín, obedeciendo el mandato del divino Maestro, se ejercitaba intensamente en la caridad para con sus hermanos, caridad que era fruto de su fe íntegra y de su humildad. Amaba a sus prójimos porque los consideraba verdaderos hijos de Dios y hermanos suyos; y los amaba aún más que a sí mismo, ya que, por su humildad, los tenía a todos por más justos y perfectos que él.
La invitación de Jesús está hecha, hermanos, y los Santos, a través de su ejemplo, nos vivifican lo hermoso y bello que es vivir una vida de bienaventuransas. Seamos hoy uno más, hermanos, y descubramos juntos, ayudados de la gracia de Dios, a experimentar ese amor que se encuentra en el darse, pero en el darse sin esperar nada a cambio.
Amén