La fuerza del cristiano, es el Evangelio.
«Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía», esas fueron de las primeras palabras que dijo Jesús en el Evangelio de hoy. Sí, palabras duras que en su momento tuvieron un impacto e incluso llegaron a incomodar a muchas personas en aquellos tiempos y en los presentes.
Hoy, recordamos la memoria de San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir de nuestra Iglesia. Un claro ejemplo de vivir el Evangelio sin miedo. San Ignacio dejó penetrar la verdad y no la hipocresía, y la cumplió tanto que hizo viva esa palabra que Dios nos dice hoy: «No teman a los que matan al cuerpo, sino teman a aquel que, después de darles muerte, los puede arrojar al lugar de castigo.» San Ignacio no se dejó aplastar, no permitió que las amenazas a su cuerpo fueran a vencer su integridad y dignidad de hijo de Dios.
Amados hermanos, el Evangelio es y debe ser nuestra identidad, nuestro modelo y nuestra guía para conocer la voluntad de Dios. El primer error que podemos cometer al leer el evangelio de nuestro Señor es verlo con los ojos de nuestra moral mundana; verlo con nuestros ojos limitados. Muchas veces caemos en la tentación de excluir o hacer caso omiso a pasajes del Evangelio como los de hoy, donde Jesús nos muestra un lado firme y duro de Él. La Palabra es dura ante los ojos de nuestra pobre moral, pero llena de verdad a la luz de Dios.
«Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía». Es muy claro nuestro Señor. No seamos hipócritas. Pero esta hipocresía no es la que nosotros conocemos, la que nos conviene, sino la de aquellos que conocen la Palabra y se lavan las manos, que se pasan por justos y se escandalizan por cosas que les parecen absurdas, pero aprueban otras que son peores. Se escandalizan del pecado del hermano, pero no miran la cola que llevan detrás.
Seguir el Evangelio no es para fariseos doble moral, el Evangelio es para aquellos que tienen una moral guiada por la luz de Cristo, la que se deja iluminar por la Verdad del Evangelio. Y Jesús hoy nos exhorta y nos invita también a no tener miedo de vivir con y por el Evangelio y a denunciar a todo aquello que nos es justo ante los ojos de Dios. Tenemos que denunciar a tiempo y a destiempo, pero primero pasar por la luz de nuestra propia consciencia. Limpiarnos y luchar día a día, para que nuestro testimonio sea verdadero y auténtico, como el de San Ignacio de Antioquía, mártir que entregó su vida por el Evangelio y encontró en su martirio la vida misma.
El Papa Francisco agregaba en una ocasión algo muy precioso: «La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los tiempos de dificultad, se debe creer que Jesús está delante de nosotros, y no cesa de acompañar a sus discípulos. La persecución no es una contradicción al Evangelio, sino que forma parte de él: si han perseguido a nuestro Maestro, ¿cómo podemos esperar que nos sea evitada la lucha?»
Los cristianos entonces deben hacerse encontrar siempre “en el otro lado” del mundo, el elegido por Dios: no perseguidores, sino perseguidos; no arrogantes, sino dóciles; no vendedores de humo, sino sometidos a la verdad; no impostores, sino honestos. Esta fidelidad al estilo de Jesús —que es un estilo de esperanza— hasta la muerte, será llamada por los primeros cristianos con un nombre bellísimo: “martirio”, que significa “testimonio”.
Pidamos a Dios encontrar esa fuerza para poder hacer nuestra la Palabra y ser capaces de dar la vida por ella. Que podamos ser luz verdadera, luz que ilumina y guía, dejándose llevar y moldear por el mensaje de nuestro Señor, que es verdadero alimento para nuestra alma.
¡Toda la honra y la gloria son para nuestro Dios!
Amén