Estoy a la puerta y llamo
En este pasaje del evangelio, Jesús nos recuerda que su venida será inesperada, tan repentina como lo fue el diluvio en tiempos de Noé o el fuego que cayó sobre Sodoma. No se trata de infundir miedo, sino de despertar en nosotros una mirada atenta y un corazón preparado. Jesús señala que en los días de Noé “comían, bebían, se casaban… y no se dieron cuenta”. Esta expresión —no se dieron cuenta— es profundamente actual. El peligro no es la destrucción en sí, sino la ceguera espiritual que nos impide reconocer a Dios en medio de lo cotidiano.
San Agustín, en ocasiones, decía: «Temo al Señor que pasa», es decir, temo que Dios pase por mi vida y yo, distraído, no lo reconozca. Así como aquellos hombres y mujeres vivían absorbidos en su rutina, nosotros también corremos el riesgo de vivir adormecidos, atrapados en nuestras preocupaciones, en la velocidad y el ruido del día a día.
Jesús nos invita a una vigilancia que no es ansiedad, sino sensibilidad espiritual. Estar despiertos significa leer los signos de Dios en lo pequeño, descubrir su presencia en las personas, en los acontecimientos, en la voz interior que llama a la conversión. Significa también no perder el tiempo en lo que divide el corazón, sino orientar la vida hacia lo esencial.
Este evangelio nos plantea una pregunta decisiva:
¿Estoy consciente de lo que vivo? ¿Estoy atento a la presencia de Dios ahora, en este momento?
Si no aprendemos a reconocer al Señor que viene a nuestro encuentro hoy, tampoco estaremos preparados para reconocerlo cuando llegue de manera definitiva.
La vigilancia cristiana, entonces, no es mirar al cielo esperando señales extraordinarias, sino vivir cada día con una fe despierta, con un corazón que sabe descubrir a Dios en lo simple y responder con amor, con justicia y con misericordia.
Es imposible que, cada vez que leamos un texto con un sentido escatológico muy fuerte, no recordar el pasaje en Apocalipsis 3:19-20
Yo reprendo y corrijo a todos los que amo. Por lo tanto, sé fervoroso y vuélvete a Dios. Mira, yo estoy llamando a la puerta; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos.
No temamos a las catástrofes, al hambre, a las calamidades, a las angustias, a las noticias. Temamos mas bien, que podamos estar distraidos en estas cosas y que el Señor pueda pasar y no lo reconozcamos por el inmenso ruido en el que estamos sumergidos.
Dios nos ilumine nuestro corazón para saber qué es lo más importante.
Paz y Bien,
Amén