Esfuércense en entrar por la puerta angosta.
Jesús nos habla hoy de una puerta. No una puerta amplia, cómoda o brillante, sino una puerta angosta, pequeña, casi escondida. Una puerta que solo se cruza dejando atrás el orgullo, la vanidad, la soberbia y el deseo de ser grandes a los ojos del mundo. Es la puerta de la humildad, del amor sencillo, del servicio silencioso.
Cuando alguien le pregunta a Jesús si son pocos los que se salvan, Él no responde con números, sino con una invitación: “Esfuércense”. Es decir, no se queden quietos, no den por hecho el cielo, no se confíen en haber escuchado su palabra o en haber estado cerca de Él. El Reino no se hereda por cercanía, sino por conversión.
Entrar por la puerta angosta significa vivir con el corazón abierto. Significa dar sin esperar nada a cambio, perdonar sin llevar cuentas, amar incluso cuando duele, sonreír cuando la vida pesa, y confiar cuando no se entiende el camino. Esa es la estrechez de la puerta: no deja pasar el ego, solo el amor.
Quizás Jesús nos recuerda hoy que no se trata de hacer cosas grandes, sino de hacer lo cotidiano con un amor grande. Ponerle a todo lo que hacemos —una palabra, un gesto, una mirada— esa chispita de amor que convierte lo ordinario en sagrado.
Porque al final, los que parecen pequeños, los que pasan desapercibidos, los que aman en silencio, serán los grandes en el Reino. Los últimos serán los primeros.