Encontrarnos necesitados y confiados del Señor
El Evangelio de hoy nos presenta una escena de conmoción y movimiento: apenas Jesús pisa tierra en Genesaret, la gente «lo reconoce» y comienza a traer a los enfermos en camillas de todas partes. En esta multitud que invade poblados, ciudades y caseríos, vemos reflejada la verdad que nos señala el Papa Francisco: «En el camino del Señor están admitidos todos: ninguno debe sentirse un intruso». A menudo, nuestra lógica humana pone barreras, etiquetas o requisitos de pureza para acercarse a lo sagrado. Sin embargo, en Genesaret, el único pasaporte válido para estar cerca de Jesús es la propia fragilidad. Las plazas se llenan no de los perfectos, sino de los heridos. Nadie pide permiso para «molestar» al Maestro; la necesidad urgente les da el derecho de estar allí.
El Papa Francisco nos mencionaba en varias ocaciones que para acceder al corazón de Jesús solo hacen falta dos cosas: sentirse necesitado de curación y confiarse a Él. Los enfermos en las camillas son la imagen viva de esta verdad. Primero, no esconden su dolor; lo exponen en la plaza pública, reconociendo su incapacidad para salvarse a sí mismos. Segundo, tienen la fe audaz de creer que un simple contacto, apenas «la punta de su manto», es suficiente para cambiar su destino. Esta fe táctil y desesperada es la que conmueve a Cristo. Tocar el manto no es un acto de magia, sino un acto de confianza total: es creer que la fuerza de Dios es tan grande que se desborda incluso en los flecos de su vestido.
Pero el milagro va más allá de la sanación física. Jesús, en medio de esa masa de gente, realiza una obra más profunda: saca a las personas del anonimato. Para el mundo, esos enfermos eran cargas, números o marginados «en camillas»; para Jesús, son historias que merecen ser tocadas y restauradas. Como dice el Papa, Él los «libera del miedo de vivir». La enfermedad a menudo nos encierra, nos aísla y nos hace sentir inútiles. El contacto con Cristo devuelve no solo la salud, sino la dignidad de ser mirado y querido. Quien toca a Jesús deja de ser un «caso clínico» para convertirse en un hijo amado.
Finalmente, esta escena nos lanza un desafío a nosotros. No somos meros espectadores de la misericordia divina; estamos llamados a ser su extensión. Francisco nos exhorta a «imitar estas miradas que restituyen las ganas de vivir». En nuestras propias «ciudades y caseríos» —nuestras familias, trabajos y comunidades— hay muchas personas paralizadas por el miedo, la tristeza o la soledad. Quizás no podamos hacer milagros físicos, pero tenemos el poder de ofrecer una mirada que no juzga, una palabra que levanta y una presencia que acoge. Nuestra misión es ser ese «manto» de Cristo que otros puedan tocar para sentir que Dios no se ha olvidado de ellos.
Paz y Bien!