El martirio es un acto de amor.
Hoy, nuestra Iglesia celebra la memoria de San Esteban, el primer mártir que podemos encontrar en la historia de nuestra Iglesia. Por eso, en la primera lectura de hoy leemos el evento que narra el martirio de San Esteban, y podemos leer en dicha lectura, cómo se cumple la Palabra de Dios dicha en el evangelio.
Cuídense de la gente, porque los llevarán a los tribunales, los azotarán en las sinagogas, los llevarán ante gobernadores y reyes por mi causa; así darán testimonio de mí ante ellos y ante los paganos. Pero, cuando los enjuicien, no se preocupen por lo que van a decir o por la forma de decirlo, porque, en ese momento se les inspirará lo que han de decir. Pues no serán ustedes los que hablen, sino el Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.
San Esteban estaba lleno del Espíritu Santo, así lo narra San Lucas en Hechos de los Apóstoles. Este es un hecho verdadero puesto que al momento en que apedraban a San Esteban, no dejaba de proclamar a Dios, pero sobre todo, no dejaba de amar.
Hermanos, el martirio de un Santo, después de la muerte de nuestro Señor Jesucristo, es el acto de amor más grande que hay. Y hoy, quiero aprovechar este día para hacer conciencia en algo muy importante. Anteriormente, en diferentes ocasiones, yo he leído y escuchado comentarios sobre: «Si Dios está con ellos, ¿por qué dejó que los matara? ¿Qué dios deja a sus hijos en momentos tan difíciles?
Para comprender el martirio, es necesario comprender el evangelio primero, y posteriormente, es necesario vivir el amor. Si no tenemos amor, no podremos entender el martirio. Cuando un cristiano se ha dejado llenar por el Espíritu Santo y su vida ya no es de sí, sino completamente para el Señor, el amor se vuelve el motor más grande para su corazón, para su voluntad. Ya no hay lugar más para odio, para diferencias, por eso, cuando se le enfrenta a situaciones adversas, donde hay ataques a la integridad de la propia persona, esto no importa, porque el amor le ha invadido y no hay deseo más grande que amar al que produce ese amor inagotable. Cuando uno ama de verdad, el mismo amor lo conduce a uno a vivir cada vez más unido al que es el amor, y la muerte no es algo que parece aterrorizar a aquel que ama, porque la muerte no es más que un paso del amor imperfecto al amor perfecto y eterno.
San Esteban no ha encontrado mayor placer que dar la vida por el Señor. Ha proclamado la Palabra y se ha aferrado a la Palabra. San Esteban ha amado hasta el último instante. Amó a Dios mientras proclamaba su Palabra enfrente de los fariseos, a pesar de la respuesta de odio de parte de los mismos. Y nunca tuvo que pensar sobre qué decir, porque la Palabra se estaba cumpliendo en él «Espíritu de su Padre el que hablará por ustedes.» San Esteban amó hasta durante su martirio, porque a pesar de que le apedraban, jamás dejó de pedir por sus yugos; ¿por qué razón? ¡Simplemente por amor!
Que el ejemplo de San Esteban y el de todos los mártires nos enseñen hoy a primeramente amar a Dios por sobre todas las cosas y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Que el amor es más grande que la muerte, porque la muerte no es más que el inicio para un nuevo amor, eterno y perfecto. Amar como Dios ama no es un acto que dependa de nosotros, pero sí comienza con el acto de la voluntad, de querer amar, de querer darlo todo. Que Dios nos conceda esa gracia, de amar así, como Él nos ama.
Paz y Bien,
Amén
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