El gran Yo Soy
El pasaje de hoy nos presenta una secuencia fundamental en la cristología de Marcos: la acción nace de la contemplación. Después del milagro de los panes, Jesús «se retiró al monte a orar». El Papa Benedicto XVI solía enfatizar que el centro de la personalidad de Jesús es su comunión ininterrumpida con el Padre. No es un activista social; toda su majestad brota de ese diálogo silencioso en el monte. La noche de Jesús no es vacío, sino plenitud de encuentro. Mientras la barca de los discípulos lucha contra el viento contrario —imagen perenne de la Iglesia navegando en la historia—, Jesús no está ausente, sino que los ve desde la altura de su oración. Su mirada divina abarca la tribulación de los suyos.
El momento culminante es una teofanía, una manifestación de la divinidad. Jesús camina sobre el mar, un gesto que en el Antiguo Testamento está reservado exclusivamente a Dios, quien «pisa las olas del mar» (Job 9,8) para subyugar el caos. El detalle curioso de que «parecía que iba a pasar de largo» no denota indiferencia, sino que alude al modo en que Dios se revelaba a los profetas (como a Moisés y Elías), «pasando» ante ellos para mostrar su Gloria. Jesús quiere abrirles los ojos a su verdadera identidad divina, trascendiendo la mera figura de un maestro.
La respuesta de Jesús al terror de los discípulos, que lo confunden con un fantasma, es la revelación central: «¡Ánimo! Soy yo; no teman». La expresión «Soy yo» (Egō eimi en griego) no es solo una identificación personal, sino que resuena con el Nombre divino revelado en la zarza ardiente. En medio de la oscuridad y la fuerza hostil del viento, se pronuncia el Nombre que es la roca de la existencia. La presencia de Dios no elimina la tormenta instantáneamente, sino que introduce una seguridad ontológica que vence al miedo. Cuando sube a la barca, el viento se calma porque el Creador ha entrado en la nave de la historia humana.
Sin embargo, el evangelista concluye con una nota sombría: «no habían entendido el episodio de los panes, pues tenían la mente embotada». Aquí radica el drama de la fe. Es posible ver el milagro (el pan material) y no percibir el Signo (quién es el que da el pan). Los discípulos se quedaron en la utilidad del don y no trascendieron hacia el Donante. Tener el «corazón endurecido» o la mente embotada significa ser incapaz de ver la transparencia de Dios en los hechos de Jesús. Este evangelio nos invita a romper esa costra de superficialidad para reconocer que Aquel que nos acompaña en las tormentas de la vida es el mismo Dios vivo, el gran «Yo Soy».
¡Paz y Bien!
Amen
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