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Vida Catòlica diciembre 9, 2025

El deseo de Dios es que todos los hombres se salven

La parábola de la oveja perdida nos confronta inmediatamente con una lógica que contradice nuestra razón económica y utilitarista. En el mundo de los negocios o de la estadística, perder una unidad de cada cien es un «margen de error» aceptable; sacrificar la seguridad de noventa y nueve inversiones seguras por una que es volátil parecería una imprudencia. Sin embargo, Dios no cuenta como contamos nosotros. Para el corazón de Cristo, el individuo no es un número ni una fracción anónima de una masa; es una persona con un nombre y un rostro irremplazables. Esta «aritmética divina» nos revela que el amor de Dios es personal y totalizante: Él no ama a la humanidad en abstracto, te ama a ti, en tu singularidad irrepetible.

Podemos entender este misterio si observamos la angustia de unos padres en un centro comercial lleno de gente. Si tienen tres hijos y uno de ellos, el más pequeño, se suelta de la mano y desaparece entre la multitud, en ese instante, los otros dos hijos que están seguros a su lado pasan a un segundo plano en su atención. No es que los dejen de amar, es que el amor se transforma en urgencia y búsqueda agonizante por el que falta. El padre no dice: «Bueno, todavía me quedan dos, es un buen porcentaje». Al contrario, su corazón se detiene hasta que el rostro del perdido es recuperado. Así es el corazón de Dios: no puede descansar mientras una sola de sus criaturas esté lejos de su abrazo.

Es crucial notar que el pastor «deja las noventa y nueve en los montes». Esto nos habla del movimiento de descenso de Dios, tan querido para la teología de la Encarnación. Dios no espera sentado en su trono a que la oveja, herida y desorientada, encuentre el camino de vuelta por sus propios medios; Él sale. La oveja, a menudo atrapada en las zarzas de sus propios errores, del pecado o de la desesperanza, es incapaz de liberarse sola. Pensemos en cuando se nos pierden las llaves de casa o el teléfono móvil; la frustración nos paraliza y volcamos la casa entera hasta encontrarlo. Dios «vuelca» el cielo y baja a la tierra, haciéndose hombre en Jesús, para buscarnos en los rincones más oscuros donde nos hemos escondido por vergüenza o miedo.

El momento del hallazgo no es un momento de juicio, sino de alegría desbordante. Jesús nos dice que hay más alegría por esa oveja encontrada que por las que no se perdieron. Aquí vemos la imagen patrística de Cristo cargando a la oveja sobre sus hombros: esa oveja somos nosotros y el peso que Él carga es el peso de nuestra humanidad caída, un peso que Él asume en la Cruz. Cuando nos sentimos «encontrados» por Dios, a través de una buena confesión o un momento de gracia en la oración, no recibimos un regaño, sino que experimentamos la ternura de ser cargados por Alguien más fuerte que nosotros. La alegría de Dios es perdonar; su gozo es restaurar la dignidad de quien se creía perdido.

Finalmente, el Evangelio concluye recordándonos que no es voluntad del Padre que se pierda «uno solo de estos pequeños». En este tiempo de Adviento, esta verdad debe llenarnos de una esperanza activa. Nuestra pequeñez no es un obstáculo, sino el imán que atrae la misericordia divina. Si hoy te sientes lejos, confundido o atrapado en una situación que parece no tener salida, recuerda que el Pastor ya ha salido a buscarte. Solo hace falta que, en el silencio de tu corazón, dejes de huir y te permitas ser encontrado, pues la mayor alegría del cielo es celebrar tu regreso a casa.

Toda honra y gloria a nuestro Dios!
Paz y Bien

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