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Vida Catòlica septiembre 18, 2025

Donde abunda el pecado, abunda la gracia.

Amados hermanos, el Evangelio de Hoy nos expone dos creyentes, dos almas que han decidido creer en Dios, pero también nos enseña que no se trata solo de creer sino de también dejarnos transformar por un corazón arrepentido y dispuesto a amar; a humillarse al único que es la Vida.

Una mujer marcada por el pecado irrumpe en la casa de un fariseo. No dice una palabra, pero sus lágrimas hablan más fuerte que cualquier discurso. Llora sus culpas, besa los pies de Jesús, los unge con lo más valioso que tiene. Los Padres de la Iglesia meditan que, con sus lágrimas lavó lo que antes manchó con sus deseos, y que con su cabello —símbolo de vanidad— secó en signo de humildad. El amor desbordado ha vencido al orgullo.

Simón, en cambio, permanece frío. Ve el pasado de la mujer, no su corazón renovado. Jesús le muestra que quien mucho ha sido perdonado, mucho ama. San Juan Pablo II nos recuerdó muchas veces que, no hay pecado que Dios no quiera perdonar si hay verdadero arrepentimiento y decisión de comenzar de nuevo. Jesús no ignora el mal, pero lo vence con misericordia.

El perdón abre paso al amor; el amor prueba que hemos sido perdonados.

Querido hermano, si alguna vez has caído en la tentación de juzgar al hermano por su pasado, el Evangelio de Hoy nos invita a deternos y a meditar. Jesús no rechazó a Simón, el fariseo, pero sí lo exhortó. Aquél a quien es más perdonado, más ha amado. Antes de juzgar a nuestro hermanos, aprendamos a ver hacía adentro, nuestro interior y nuestro pasado, porque es así que nos daremos cuenta de lo mucho que Dios nos ha perdonado y es así, que comenzaremos un nuevo cambio que nos encaminará al Amor.

Jesús mira también mi corazón. No espera perfección, solo verdad. No pide méritos, solo fe humilde que se atreva a acercarse aunque el alma esté rota. Como aquella mujer, estoy llamado a dejar a sus pies mi miseria, para que Él la transforme en amor.

Señor, que mis lágrimas sean semillas de amor nuevo, y que el recuerdo de tu perdón encienda en mí un amor más grande que mis caídas. Amén.

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