Dejarse sorprender por la sencillez de Dios
En el Evangelio de hoy, escuchamos el latido jubiloso del Corazón de Jesús, quien bendice al Padre por una paradoja que desafía nuestra lógica: los misterios del Reino se ocultan a los «sabios y prudentes» y se revelan a los «pequeños». La soberbia intelectual construye un muro impermeable; quien cree saberlo todo y encierra a Dios en sus propios esquemas pierde la capacidad de asombro. Su copa está tan llena de sí mismo que no deja espacio para la novedad de la gracia. Por el contrario, el «pequeño» es aquel que, reconociendo su indigencia, mantiene el corazón abierto y dispuesto a dejarse sorprender por un Dios que rompe nuestros moldes.
Para encontrarnos con la verdad, es necesario emprender un camino de descenso, un éxodo desde el pedestal de nuestro ego hacia la llanura de la humildad. Como bellamente nos recordaba el Papa Benedicto XVI: «La señal de Dios es la sencillez… Dios es tan grande que puede hacerse pequeño. Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso para que podamos amarlo». Esta es la gran revolución cristiana: no buscamos a un Dios lejano y complejo, sino a Uno que se ha hecho cercano en lo cotidiano, esperando que depongamos nuestras armas para abrazarnos en la fragilidad de lo simple.
La dicha que Jesús promete a sus discípulos, «¡Dichosos los ojos que ven lo que veis!», es la alegría profunda de quien ha renunciado a ser el arquitecto solitario de su destino. Superar nuestra soberbia no es una humillación, sino una inmensa liberación; es quitarnos la pesada armadura de la autosuficiencia para volver a ser hijos que confían. Al aceptar que no tenemos todas las respuestas, permitimos que Dios sea Dios en nosotros, descubriendo que Él no se impone con poder, sino que se ofrece con ternura en el silencio de la oración y en el rostro del prójimo.
Oremos para que el Espíritu Santo rompa la costra de nuestra indiferencia y nos conceda la valentía de la infancia espiritual. Que no tengamos miedo a la sencillez del Evangelio, pues en ella reside una sabiduría que el mundo no puede dar. Si hoy abrimos el corazón con confianza, descubriremos con estremecimiento que el Creador del universo no estaba lejos, sino esperándonos con los brazos abiertos en las realidades más humildes de nuestra vida.
Paz y Bien!
Amén