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Vida Catòlica enero 22, 2026

Crónicas de una Iglesia anunciada

El evangelio de hoy nos presenta un cuadro de impresionante movimiento: multitudes que acuden a Jesús no solo desde Galilea, sino desde Judea, Jerusalén, e incluso desde territorios paganos como Idumea, Tiro y Sidón. Recuerdo haber leído del Papa Benedicto XVI que él vería en esta geografía una profecía de la universalidad de la Iglesia. Antes de la Cruz y la Resurrección, la fuerza de atracción de Cristo ya rompe las fronteras de Israel. El «nuevo Pueblo de Dios» comienza a formarse no por la sangre o la etnia, sino por la atracción hacia la Persona de Jesús, el único capaz de sanar las heridas profundas de la humanidad.

Ante la presión física de la multitud que amenaza con «aplastarlo», Jesús toma una decisión pastoral y simbólica: pide una barca. Este gesto es fundamental. Jesús necesita establecer una distancia física, no para alejarse de la gente, sino para poder hablarles. Sin esa distancia, el contacto se vuelve caos; con la barca, se crea un espacio para la Palabra. Los Padres de la Iglesia, han visto siempre en la barca una imagen de la Iglesia navegando en el mar de la historia. Es desde la barca —a menudo identificada con la de Pedro— desde donde Jesús puede enseñar con autoridad, evitando ser reducido a un mero curandero o líder político absorbido por las masas.

El texto nos muestra una fe que todavía es primitiva y táctil: «se le echaban encima para tocarlo». Es la búsqueda humana de la salud, comprensible y legítima, pero todavía imperfecta. Buscan el poder que emana de Él, pero quizá no buscan todavía su Voluntad. Jesús acoge esta fe incipiente, pero su misión es elevarla: del deseo de ser curado al deseo de ser salvado; del contacto mágico con su manto al contacto personal con su Verdad.

Finalmente, el pasaje aborda el inquietante «secreto mesiánico». Los espíritus inmundos gritan la verdad teológica más alta: «Tú eres el Hijo de Dios». Sin embargo, Jesús les prohíbe severamente hablar. ¿Por qué silenciar la verdad? Ratzinger nos ofrece una clave magistral: el diablo es el primer teólogo que conoce la verdad pero no la ama. Los demonios tienen la información correcta (ortodoxia), pero carecen de la entrega y el amor (ortopraxis). Una confesión de fe sin amor es diabólica. Jesús no quiere ser proclamado por el miedo o el conocimiento frío de los espíritus caídos; Él espera la confesión que nacerá al pie de la Cruz, la del centurión que, viendo cómo moría por amor, dirá: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». Solo el amor crucificado revela la verdadera identidad de Dios.

¡Paz y Bien!

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