Skip to main content
Vida Catòlica enero 23, 2026

Cristo no es individualista. Cristo nos llama a la fe, a la Iglesia

El relato evangélico de la elección de los Doce comienza con una subida teológica: «Jesús subió al monte». En la Sagrada Escritura, el monte es el lugar de la alianza y de la revelación divina (Sinaí). Al subir allí y constituir el grupo de los Doce, Jesús actúa como el Nuevo Moisés que no solo entrega una ley, sino que forma un pueblo. El número doce no es aleatorio; simboliza la reconstitución de las doce tribus de Israel. Con este gesto solemne, Jesús nos dice que su intención no es salvar almas aisladas, sino reunir al Pueblo de Dios escatológico. La Iglesia, por tanto, no es una invención administrativa posterior de los discípulos, sino que nace de la voluntad explícita y orante del Jesús histórico.

La dinámica de la vocación subraya la soberanía absoluta de la gracia: «llamó a los que él quiso». Nadie se hace apóstol por mérito propio, campaña electoral o solicitud personal. Es un don gratuito que nace del corazón de Cristo. Esta elección tiene una doble finalidad que define para siempre el ser cristiano: «para que se quedaran con él» y «para mandarlos a predicar». La comunión («estar con él») es la condición de posibilidad de la misión. Sin la intimidad de la oración y la vida compartida con el Maestro, el apostolado se vuelve activismo vacío; pero una intimidad que no se desborda en misión se vuelve estéril.

Aquí tocamos el punto crucial que Benedicto XVI iluminó con tanta claridad: la inseparabilidad entre Cristo y la Iglesia. El eslogan moderno «Jesús sí, Iglesia no» es, en última instancia, una ilusión. Querer un Jesús sin Iglesia es querer un cuerpo sin cabeza o un rey sin pueblo. Ese «Jesús individualista» es, como decía el Papa, un «Jesús de fantasía», una proyección de nuestros deseos privados que carece de poder real. El verdadero Jesús es aquel que crea comunidad, que se vincula a hombres concretos —con nombres y apellidos, como Pedro, Santiago y Juan— para hacerse presente en la historia. La Iglesia, con toda su estructura apostólica, es la «garantía» de que no seguimos un mito, sino a una Persona que ha querido permanecer contemporánea a nosotros a través de la sucesión de los Apóstoles.

Finalmente, la lista de los Doce cierra con una nota de realismo trágico: «y a Judas Iscariote, que después lo traicionó». El misterio de la iniquidad está presente desde el principio, en el núcleo mismo de la elección divina. Que Jesús haya elegido a Judas sabiendo lo que había en el corazón humano nos enseña que la santidad de la Iglesia no depende de la perfección moral de sus ministros, sino de la fidelidad irrevocable de Dios. La Iglesia es santa no porque todos sus miembros sean santos, sino porque Cristo, el Santo de Dios, se ha unido indisolublemente a ella, soportando incluso la traición para transformarla, mediante la Cruz, en redención.

¡Paz y Bien!

Si te gustó, por favor comparte!

Etiquetas