¡Con el enemigo no se dialoga!
Mis hermanos, en el evangelio de hoy, el Señor nos da una catequesis sobre el actuar del demonio en nuestro peregrinaje, en nuestra conversión, en nuestra preparación. Y es que hablar del demonio es siempre necesario porque ignorarle es condenarse a sí mismo, es más, ignorarle se convierte en nuestra primera tentación, creer que el demonio es un tema de películas y que no tiene más acción en nosotros solo por estar unidos a Cristo.
«Todo reino dividido contra sí mismo será desolado y cae casa sobre casa». Esto les dice Jesús a esos que murmuraban que Él expulsaba los demonios con el poder del mismo demonio. Jesús nos advierte también a nosotros. Desde que nosotros hemos decidido aceptar a Dios como nuestro centro, vivimos en una lucha diaria, desde que hemos iniciado ese camino de conversión, el demonio ha iniciado una riña por nuestra alma, por nuestros deseos e impulsos, que solamente pueden ser superados con el poder de Dios.
La primera arma del demonio es el engaño. Fue por el mismo engaño que Eva tomó la manzana que nos dio la muerte como consecuencia. De la misma manera, creer que no tenemos ningún demonio dentro por solo no presentar comportamientos diabólicos como en las películas, es el primer engaño. Ya decía San Agustín: es de humanos cometer un pecado, pero es diabólico caer en el mismo pecado repetidas veces.
El pecado es darle la espalda a Dios, y vivir en pecado es vivir con el demonio porque el único que quiere que rechacemos a Dios es el demonio, entonces, si vivimos en el pecado, vivimos con el demonio. A como mencionaba anteriormente, el demonio miente y engaña, nos hace creer que estamos bien, pero pensemos:
¿No es diabólico ver a una persona que luego de tomar alcohol, llegue a su casa y comience a golpear a su esposa e insultar a sus hijos? ¿No es diabólico ver a una persona que solamente critica al hermano y vive deseándole el mal? ¿No es diabólico saber que nos dificulta siempre hablar con la verdad y siempre estar justificando con mentiras? ¿No es diabólico ver que un niño le levanta la mano a sus padres y los trata como si fueran sus criados?
Podría seguir, pero no quiero extenderme más y quiero terminar con la advertencia más importante de nuestro Señor. Sí, sabemos que todos hemos venido superando esos demonios, esos defectos, esas cadenas. Yo sé que todos ustedes mis hermanos, por pura gracia de Dios, han superado dificultades y eso es maravilloso, son milagros verdaderos. Pero Jesús nos advierte y nos alerta:
«Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, anda por lugares áridos buscando descanso y, al no encontrarlo, se dice: Volveré a mi casa, de donde salí». Al volver, la encuentra barrida y arreglada. Entonces va y trae consigo otros siete espíritus peores que él, entran todos y se instalan allí. Así el estado final de aquel hombre resulta peor que el primero.»
Amados hermanos, no demos por superada una debilidad que hayamos tenido, ni tampoco menospreciemos al demonio. El Santo Padre Francisco nos decía en muchas ocasiones: «Con el diablo no se dialoga». Nosotros hemos conocido al demonio y vivido con él, sabemos cómo se comporta y sabemos cómo es estar con él. ¡No caigamos en esa tentación de creer que ese pecado, esa debilidad está superada, no, hermanos, tenemos que vivir alerta, tenemos que vivir vigilantes!
¿Cómo podemos vivir vigilantes? Con la oración, la oración nos dará ese discernimiento de reconocer al demonio cuando intenta seducirnos. Continuaba diciendo el Papa Francisco: El demonio puede aparecer nuevamente, pero esta vez toca a tu puerta y puede venir vestido de buena persona, con buenas intenciones, o puede venir con rostro de un buen trabajo, buenas oportunidades. Hermanos, si no vivimos una actitud de oración, seguramente caeremos. Jesús, en persona propia, nos advertía de esto y solo con la oración y la gracia del Señor podremos vencer una y otra vez.
No caigamos pues, en la tentación de creer que hemos superado al demonio, mas bien, caigamos en la gracia del Señor, de ser constantes en la oración, en nuestros sacramentos, en nuestra misa. Prontos al perdón, rápidos a la escucha de la Palabra de Dios.
¡Dios los bendiga, mis hermanos!
Amén