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Vida Catòlica mayo 30, 2024

Cada 30 de mayo, la Iglesia Católica celebra a Santa Juana de Arco

Durante muchos siglos, su figura fue motivo de controversia hasta que, gracias a una mirada más amplia y fidedigna, la “Doncella de Orleans” fue reivindicada y su santidad reconocida.

A pesar de lo breve de su vida -murió a los 19 años- Juana comprendió perfectamente algo que a la mayoría de seres humanos les es esquivo: que siendo nuestra naturaleza frágil y débil, también es capaz, con la gracia de Dios, de alcanzar las cumbres de la virtud y la nobleza de espíritu.

Santa Juana de Arco se hizo instrumento dócil en las manos del Altísimo para cambiar los corazones de muchos, quienes dejando de lado miedos y mezquindades fueron capaces de dar lo mejor de sí para defender aquello que Dios les otorgó. Basta recordar las palabras de la santa frente a quienes la condenaron a muerte: “Yo no he hecho nada que no me haya sido ordenado por Dios o por sus ángeles”.

Símbolo de una nación

Hoy, Santa Juana de Arco es reconocida como Patrona de Francia. No podía ser de otra manera, pues desempeñó un papel decisivo como lideresa de su nación y protectora de la fe de su pueblo. En los momentos más difíciles, Juana fue testimonio del poder de la oración y del amor a la Iglesia, incluso a riesgo de perder la vida.

Santa Juana de Arco nació en 1412 en Domrémy (Francia). Fue una niña pobre en lo material, pero muy consciente de ser poseedora del más grande tesoro: la fe en Jesucristo. A pesar de su juventud, estableció una relación cercana y profunda con el Señor, lo que le valió convertirse en una niña piadosa, dada a la oración y a la asiduidad con los sacramentos, siempre dispuesta a servir a quienes tenían menos que ella.

En el seno familiar, adquirió los que serían los pilares de su vida: solidaridad y acogida, amor al campo y al pastoreo. Sus primeros años los pasó en su pueblo, donde era frecuente el paso de peregrinos, por lo que a Juana se le veía frecuentemente tratando a los viajeros con amabilidad y caridad cristiana.

“La vida sobre la tierra es eterna milicia” (Jb 7,1)

La apacible vida de Juana dio un giro violento cuando Inglaterra invadió Francia. Las ciudades y pueblos franceses iban cayendo uno tras otro y Carlos VII, el Delfín francés, parecía incapaz de poder contener la invasión. Sus continuos fracasos habían mellado la imagen del príncipe y fueron percibidos como una prueba de que todo estaba perdido.

En ese contexto, Juana, a sus precoces catorce años, inicia su itinerario espiritual. Encuentra en la oración la fuerza que necesitaba para verse fortalecida y acompañar a quienes tenía cerca, víctimas de la desolación.

Mientras el pesimismo asfixiaba el corazón de muchos, el suyo se ensanchaba de confianza en Cristo. De pronto empezó a tener experiencias místicas. A Juana se le aparecen San Miguel Arcángel, Santa Catalina de Siena y Santa Margarita, quienes le encomiendan, en nombre de Dios, “salvar a Francia”. Ella entiende que ha sido elegida para una gran misión y se acoge a la Providencia divina, emprendiendo el camino para encontrarse con el futuro Carlos VII.

“Doncella de Orleans”

Después de superar muchos obstáculos, Juana consigue ser recibida en audiencia por el Delfín francés. Se dice que este se hizo pasar de cortesano para desconcertarla, pero ella lo ubicó rápidamente y le habló con autoridad. Cuán persuasivas habrán sido las palabras de Juana ante la corte que el Delfín acepta enviarla con sus tropas. Entonces, ella parte al mando de la expedición que enfrentaría a los ingleses en la ciudad de Orleans.

Así, llegaría el día en el que el ejército francés se topó con el invasor. Antes de la batalla, Juana se puso al frente de las huestes reales. Sobre su caballo arengó reciamente a los hombres, llena de confianza en Dios, mientras portaba un estandarte con los nombres de Jesús y María. Conmovidos por lo que veían sus ojos, los soldados se dispusieron a darlo todo en la batalla.

Tras el arduo combate, Orleans fue recuperada. Juana había conseguido un triunfo contundente que atribuyó a la mano de Dios. Gracias a esa victoria la figura del Delfín pudo recomponerse y facilitar su coronación: Carlos VII, rey de Francia. El reino se mantendría unido, fortalecido por la fe en Cristo.

Santa Juana había concluido con éxito la misión que Dios le había confiado.

La hoguera

Lo que sucedería después con las huestes francesas estuvo muy lejos de la victoria militar definitiva.

La desazón que esta situación generó produjo tensiones entre la santa y la realeza del país. No mucho tiempo después, Juana caería apresada en el campo de batalla por los borgoñones -aliados de los ingleses-, quienes la vendieron al ejército invasor.

Para acabar con ella, los ingleses la sometieron a un juicio sumario, acusada de hechicería y herejía. Los jueces no le concedieron el derecho a defensa y se limitaron a determinar que las leyendas y rumores sobre la joven eran todas verdaderas, incluso las experiencias místicas de Juana fueron calificadas de revelaciones diabólicas.

Santa Juana de Arco sería condenada a la hoguera por hereje y renegada. El 30 de mayo de 1431 fue conducida a la plaza del mercado de Rouen, donde tendría lugar su martirio y ejecución. La Doncella de Orleans murió mirando la cruz que se alzaba frente a ella, mientras repetía con firmeza el santo nombre de Jesús. Tenía tan sólo diecinueve años.

La luz de la justicia

El Papa Calixto III, años más tarde, nombró una comisión para examinar lo sucedido con Juana. Lamentablemente, la Universidad de París, que se arrogaba el derecho de control sobre los asuntos pontificios, y cuyos miembros apoyaron al último antipapa, Félix V, contribuyó al descrédito en el que cayó la santa. Pasarían muchos siglos hasta que su imagen fuera rehabilitada plenamente.

La espada de Juana jamás se tiñó de sangre, desmintiendo aquellas voces que la convirtieron en asesina; su liderazgo fue siempre espiritual y moral. Durante las batallas en las que participó se mantuvo rezando, apoyada en su célebre estandarte.

Juana de Arco, con su lucha, salvó a Francia de quedar anexada a Inglaterra, con lo que posiblemente el país se habría visto envuelto en el cisma que Enrique VIII produjo décadas después tras romper con Roma y formar la Iglesia anglicana.

Santa Juana de Arco finalmente fue canonizada por el Papa Benedicto XV en el año 1920.

4o

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