Aprendamos a que nuestros sufrimientos sean fecundos.
Hermanos, el evangelio de hoy es uno de los más bellos, al menos desde mi punto de vista. Es un evangelio que me ha ayudado muchísimo en diferentes situaciones de mi vida y quiero compartirles un poco sobre cómo lo he vivido y cómo a ustedes también puede ayudarles hoy.
Existe un sufrimiento es que estéril. La mayoría de nosotros sufrimos estérilmente, ¿qué quiere decir esto? Nos encanta sufrir por sufrir. Nos encanta tomar nuestros problemas, sea cual sea, y tratar de maniobrarlos con nuestras fuerzas. Lo normal es que nosotros tratemos de controlar la situación y valernos de nuestros propios esfuerzos e ingenio para poder superarlo, pero muchas veces se nos sale de las manos esa situación y comenzamos a desesperarnos. Y es que también, queremos que todos los problemas tengan solución, todos, quisiéramos tener el poder de resolver todos los problemas que tenemos, y este es el primer punto: no todos los problemas tienen que tener una solución. Y esto suena absurdo, pero es así.
El hombre tiene la tendencia de querer controlar todo, y no solo en el ambiente laboral y familiar, también en el espiritual. Nosotros queremos tomar el rol de Dios y tratar de ser el «solucionador de problemas», y hay un problema, del que es más difícil controlar, y son los problemas asociados a las emociones. Por ejemplo, una persona que depende mucho de otra persona, su estado de ánimo depende de si otra persona está bien. Otro ejemplo, una persona que tiene enfermo a un familiar muy querido, queremos hacer de todo para que esa persona se sane. O bien, cuando hacemos de todo por nuestra familia, para que nuestros hijos sean rectos, nuestros esposos, esposas sean espirituales, pero nada funciona. Son muchas las formas de describir el hecho de que a nosotros nos gustaría poder controlar, pero no se nos hace posible. A esto, le llamo un sufrimiento estéril.
Jesús nos invita hoy a tener un sufrimiento fecundo. ¿Por qué digo sufrimiento? Porque no hay que negar que duele ver que las cosas no salgan como queremos, pero este dolor se vuelve fecundo cuando nos abandonamos a la providencia del Señor. ¿Y por qué es fecundo? Porque cuando sabemos tomar cada situación adversa en nuestra vida con amor, paciencia y humildad, habremos encontrado entonces la dicha perfecta, y ¿cuál es la dicha perfecta? Saber abrazar la cruz que Cristo nos ha dado, y padecer junto con Cristo todos y cada uno de los sufrimientos, porque cuando abrazamos nuestra cruz, los frutos no pueden ser descritos en esta meditación, pero de lo que si estoy seguro es que vas a querer seguir sufriendo, por Cristo, porque no hay placer mas grande que vivir una vida de amor, donde estas tan inundado que poco a poco, te olvidas de ti mismo y te has vuelto un Cristo mas, uno que ama, uno que se entrega, uno que se cuelga en la cruz y muere por todos los demas.
Cuando nuestros sufrimientos tienen un motivo, el dolor se vuelve secundario, sabremos aceptar la voluntad de Dios porque sabemos que lo que vivimos primeramente, es temporal, y segundo, no es el fin. Hermanos, acerquémonos a Jesús y vaciémonos en sus brazos. Depositemos nuestras cargas y olvidemos esa idea vanidosa de creer que podemos tener la solución a todos los problemas. La verdadera felicidad del hombre es abrazar la cruz; eso es construir sobre roca. Que Dios nos permita interiorizar esta meditación y poder llegar a ponerla en práctica.
Paz y Bien!
Amén
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