Apaguemos el ruido, encendamos el corazón.
Jesús nos lanza una advertencia que resuena con urgencia: el mayor peligro para el alma no es siempre el pecado eminente, sino el adormecimiento del alma. Existe una especie de anestesia espiritual provocada no solo por los excesos físicos, sino por la «embriaguez» de las preocupaciones cotidianas, la ansiedad por el futuro inmediato, que actúan como un sedante. Cuando permitimos que las preocupaciones de esta vida ocupen todo el espacio interior, el corazón se vuelve torpe, incapaz de elevarse, y la realidad de Dios se desvanece como si fuera un sueño lejano. Esta es la trampa: vivir tan sumergidos en lo temporal que olvidamos nuestra ciudadanía eterna.
Sin embargo, el mandato de «estar alerta» no es una amenaza para infundir miedo, sino una invitación a la esperanza más profunda. La vigilancia cristiana es la actitud de quien sabe que la historia no camina hacia el caos, sino hacia un Abrazo. «Comparecer ante el Hijo del hombre» significa presentarnos ante Aquel que nos conoce y nos ama; por tanto, el juicio final no es un tribunal extraño, sino el encuentro definitivo con el Salvador. Mantenerse en pie es recuperar nuestra dignidad de hijos que, en medio de las tormentas del mundo, levantan la cabeza porque saben que su liberación está cerca.
Para no dormirnos en la fe, el Señor nos entrega el antídoto de la oración constante. No se trata de recitar palabras sin fin, sino de mantener una orientación silenciosa y continua hacia Dios en medio de nuestras tareas. La oración es lo que impide que la «embriaguez» del mundo nos aturda; es el oxígeno que despeja la mente y aligera el peso del corazón. Quien reza, rompe la fascinación por lo trivial y mantiene encendida la lámpara del deseo de Dios, recordando que este mundo es el camino, pero no la posada definitiva.
Vivamos, pues, con la sobriedad de quien espera a alguien amado, transformando cada instante presente en una semilla de eternidad. Que el ruido de la época no nos distraiga de lo esencial, para que cuando Él llegue —sea en el último día o en los pequeños momentos de nuestra vida— nos encuentre no en la pesadilla de la indiferencia, sino despiertos en el amor, seguros y confiados en su misericordia.
Paz y Bien!
Amén