¡No somos más que administradores del Señor!
Hermanos, existe una tradición, una historia del pasado egipcio donde se cuenta que las personas que morían eran enterradas con una gran parte de sus bienes. Esto quiere decir que cuando morían, en la tumba echaban oro, dinero, etc., todo elemento que fuera del muerto porque ellos creían que los muertos lo iban a necesitar o disponer de ellos. ¿Cómo nos dimos cuenta de que esto era cierto? Bueno, hace unos años, no más de 50 años, arqueólogos encontraron estas cosas enterradas en las tumbas egipcias y esto confirma dos cosas: la primera, es que la tradición egipcia era cierta y la segunda, que nadie se lleva nada luego de morir.
Y esto lo que nos advierte nuestro Señor hoy. No se amontonen, no se afanen, no se eloquezcan con las cosas de este mundo.
«Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea.»
Lucas 12:15
Tenemos que ser muy conscientes, mis hermanos, de que en este mundo somos simples administradores. Jesús nos invita hoy a no apegarnos a lo terrenal sino a preocuparnos por lo eterno. El mayor engaño del demonio es que entre más tengamos, más poder; entre más dispongamos, más posición vamos a tener. El objetivo del demonio es que seamos más dados para nosotros, para nuestro placer, para nuestro propio ego, pero esa no es la lógica de Dios, la lógica de Dios es la de dar, la de darse, la de entregarse, la de olvidarse de sí mismo y vivir por el Señor, por el prójimo.
¡No somos más que administradores del Señor! Si hoy tienes algún bien, si hoy tienes a tus hijos, si hoy tienes un trabajo, si hoy tienes terrenos, si hoy tienes a tu cargo un grupo pastoral, etc. Tenemos que recordar que somos administradores del Señor, que Dios nos lo ha dado y que todo ha sido dado a nuestra disposición para devolver más, devolver mucho más de lo que hemos recibido. ¡Eso es ser rico ante los ojos de Dios!
Tenemos que recordar que nuestra mayor herencia es el Señor, que nosotros estamos hoy aquí y que nada nos pertenece. Lo que tenemos hoy en nuestra posesión, lo será de alguien más después. Por eso, nuestra mirada debe estar en el cielo, en lo eterno, en la esperanza, en la fe, en el amor, porque se recibe más cuando se da más.
Hermanos, pidamosle al Señor esta gracia del desapego. Y miren qué importante, todo lo que hacemos, hasta la gracia de vivir desapegados de todo lo terrenal es una gracia del Señor, que es cierto, con nuestra voluntad comenzamos, pero Dios lo perfecciona, porque algo perfecto nosotros por sí solo no podemos hacer.
Señor, danos la gracia de vivir pensando solo en ti y no en nosotros. Danos la gracia de ser excelentes administradores de tus bienes. De olvidarnos de nuestra comodidad, de nuestro propio placer y entregarnos a tu voluntad, para que el día que nos toque estar frente a ti podamos disponer de mucho para ti, mucho amor, entrega, sacrificio y oración.
¡Que Dios nos ayude en este difícil caminar que solamente con Él podemos continuar!