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Pascua abril 10, 2023

Mensaje de Pascua y Bendición Urbi et Orbi 2023 del Papa Francisco

9 de abril de 2023 / 5:30 a. m.

El Papa Francisco dirigió su mensaje pascual a los fieles de la ciudad de Roma y del mundo e impartió la Bendición Urbi et Orbi este Domingo de Resurrección, 9 de abril, desde el balcón central de la fachada de la Basílica de San Pedro.

A continuación, el Mensaje Urbi et Orbi del Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas: ¡Cristo ha resucitado! 

Hoy proclamamos que Él, el Señor de nuestra vida, es «la resurrección y la vida» del mundo  (cf. Jn 11,25). Es Pascua, que significa “paso”, porque en Jesús se realizó el paso decisivo de la humanidad: de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, del miedo a la confianza, de la desolación a la comunión. 

En Él, Señor del tiempo y de la historia, quisiera decirles a todos, con alegría en el  corazón: ¡feliz Pascua! Que sea para cada uno de ustedes, queridos hermanos y hermanas -en particular para los enfermos y los pobres, para los ancianos y los que están atravesando momentos de prueba y  dificultad-, un paso de la tribulación a la consolación. No estamos solos, Jesús, el Viviente, está con nosotros para siempre.

Que la Iglesia y el mundo se alegren, porque hoy nuestra esperanza ya no se estrella contra el muro de la muerte; el Señor nos ha abierto un puente hacia la vida. Sí, hermanos y  hermanas, en Pascua el destino del mundo cambió; y hoy, que coincide además con la fecha más probable de la resurrección de Cristo, podemos alegrarnos de celebrar, por pura gracia, el día más  importante y hermoso de la historia.  

Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado, como se proclama en las Iglesias de  Oriente. Ese verdaderamente nos dice que la esperanza no es una ilusión, ¡es verdad! Y que, a partir de la Pascua, el camino de la humanidad, marcado por la esperanza, avanza veloz. Nos lo muestran  con su ejemplo los primeros testigos de la Resurrección. Los Evangelios describen la prisa con la que el día de Pascua «las mujeres corrieron a dar la noticia a los discípulos» (Mt 28,8). 

Y, después que  María Magdalena «corrió al encuentro de Simón Pedro» (Jn 20,2), Juan y el mismo Pedro “corrieron  los dos juntos” (cf. v. 4) para llegar al lugar donde Jesús había sido sepultado. Y después, la tarde de  Pascua, habiendo encontrado al Resucitado en el camino de Emaús, dos discípulos “partieron sin demora” (cf. Lc 24,33) y se apresuraron para recorrer muchos kilómetros en subida y a oscuras,  movidos por la alegría incontenible de la Pascua que ardía en sus corazones (cf. v. 32). 

Es la misma alegría por la que Pedro, viendo a Jesús resucitado a orillas del lago de Galilea, no pudo quedarse en  la barca con los demás, sino que se tiró al agua de inmediato para nadar rápidamente hacia Él (cf. Jn 21,7). En definitiva, en Pascua el andar se acelera y se vuelve una carrera, porque la humanidad ve la meta de su camino, el sentido de su destino, Jesucristo, y está llamada a ir de prisa hacia Él, esperanza  del mundo. 

Apresurémonos también nosotros a crecer en un camino de confianza recíproca: confianza  entre las personas, entre los pueblos y las naciones. Dejémonos sorprender por el gozoso anuncio de  la Pascua, por la luz que ilumina las tinieblas y las oscuridades que se ciernen tantas veces sobre el  mundo. 

Apresurémonos a superar los conflictos y las divisiones, y a abrir nuestros corazones a quien  más lo necesita. Apresurémonos a recorrer senderos de paz y de fraternidad. Alegrémonos por los signos concretos de esperanza que nos llegan de tantos países, empezando de aquellos que ofrecen  asistencia y acogida a quienes huyen de la guerra y de la pobreza. 

Pero a lo largo del camino todavía hay muchas piedras de tropiezo, que hacen arduo y fatigoso  nuestro apresurarnos hacia el Resucitado. A Él dirijamos nuestra súplica: ¡ayúdanos a correr hacia  Ti! ¡Ayúdanos a abrir nuestros corazones! 

Ayuda al amado pueblo ucraniano en el camino hacia la paz e infunde la luz pascual sobre el  pueblo ruso. Conforta a los heridos y a cuantos han perdido a sus seres queridos a causa de la guerra, y haz que los prisioneros puedan volver sanos y salvos con sus familias. Abre los corazones de toda  la comunidad internacional para que se esfuerce por poner fin a esta guerra y a todos los conflictos  que ensangrientan al mundo, comenzando por Siria, que aún espera la paz. 

Sostiene a cuantos han  sido afectados por el violento terremoto en Turquía y en la misma Siria. Recemos por cuantos han  perdido familiares y amigos, y se quedaron sin casa; que puedan recibir consuelo de Dios y ayuda de  la familia de las naciones. 

En este día te confiamos, Señor, la ciudad de Jerusalén, primer testigo de tu Resurrección.  Expreso mi profunda preocupación por los ataques de estos últimos días, que amenazan el deseado clima de confianza y respeto recíproco, necesario para retomar el diálogo entre israelíes y palestinos,  de modo que la paz reine en la Ciudad Santa y en toda la región. 

Ayuda, Señor, al Líbano, todavía en busca de estabilidad y unidad, para que supere las divisiones y todos los ciudadanos trabajen juntos por el bien común del país.  No te olvides del querido pueblo de Túnez, en particular de los jóvenes y de aquellos que  sufren a causa de los problemas sociales y económicos, para que no pierdan la esperanza y colaboren  en la construcción de un futuro de paz y fraternidad. 

Dirige tu mirada sobre Haití, que está sufriendo desde hace varios años una grave crisis  sociopolítica y humanitaria, y sostiene el esfuerzo de los actores políticos y de la comunidad  internacional en la búsqueda de una solución definitiva a los numerosos problemas que afligen a esa  población tan atribulada. 

Consolida los procesos de paz y reconciliación emprendidos en Etiopía y en Sudán del Sur, y  haz que cese la violencia en la República Democrática del Congo. 

Sostiene, Señor, a las comunidades cristianas que hoy celebran la Pascua en circunstancias  particulares, como en Nicaragua y en Eritrea, y acuérdate de todos aquellos a quienes se les impide  profesar libre y públicamente su fe. Concede consuelo a las víctimas del terrorismo internacional,  especialmente en Burkina Faso, Malí, Mozambique y Nigeria. 

Ayuda a Myanmar a recorrer caminos de paz e ilumina los corazones de los responsables para  que los martirizados Rohinyá encuentren justicia.

Conforta a los refugiados, a los deportados, a los prisioneros políticos y a los migrantes,  especialmente a los más vulnerables, así como a todos aquellos que sufren a causa del hambre, la  pobreza y los nefastos efectos del narcotráfico, la trata de personas y toda forma de esclavitud. Inspira, Señor, a los responsables de las naciones, para que ningún hombre o mujer sea discriminado y  pisoteado en su dignidad; para que en el pleno respeto de los derechos humanos y de la democracia  se sanen esas heridas sociales, se busque siempre y solamente el bien común de los ciudadanos, se  garantice la seguridad y las condiciones necesarias para el diálogo y la convivencia pacífica.  

Hermanos, hermanas, encontremos también nosotros el gusto del camino, aceleremos el latido  de la esperanza, saboreemos la belleza del cielo. Obtengamos hoy la fuerza para perseverar en el bien,  hacia el encuentro del Bien que no defrauda. Y si, como escribió un Padre antiguo, «el mayor pecado  es no creer en la fuerza de la Resurrección» (San Isaac de Nínive, Sermones ascéticos, I,5), hoy  creemos y «sabemos que Cristo verdaderamente resucitó» (Secuencia de Pascua). Creemos en Ti, Señor Jesús, creemos que contigo la esperanza renace y el camino sigue. Tú, Señor de la vida,  aliéntanos en nuestro caminar y repítenos, como a los discípulos la tarde de Pascua: «¡La paz esté con  ustedes!» (Jn 20,19.21). 

Fuente:

ACI Prensa

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