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Pascua mayo 3, 2023

El Arte de la Pascua: El Buen Pastor

Ver y reflexionar sobre el arte sacro, participar en vizio divina, ofrece a los fieles una excelente manera de meditar más profundamente en la vida de Jesucristo y el misterio de la salvación. Esta serie de artículos destacará varias obras de arte relacionadas con la gloriosa temporada de Pascua, con especial atención a las lecturas de las Escrituras. Cada una de estas obras de arte nos permite reflexionar sobre las asombrosas realidades de la vida resucitada.

En el Cuarto Domingo de Pascua de cada ciclo litúrgico, la Iglesia presenta a los fieles una porción del Discurso del Buen Pastor de Jesús, registrado en el décimo capítulo del Evangelio de San Juan. Es uno de los pasajes más queridos de toda la Sagrada Escritura, y prevalece especialmente en el aprendizaje y la espiritualidad de los niños. Les recuerda a los fieles cómo Jesús es a la vez recolector y defensor de aquellos que escuchan su voz y lo siguen.

Bartolomé Esteban Murillo, uno de los grandes artistas de la época barroca en Europa, produjo varias representaciones memorables de Jesús, el Buen Pastor. La representación que realizó hacia 1660, que hoy cuelga en el Museo del Prado de Madrid, es quizás la más famosa y memorable. Esta versión contiene algunos detalles importantes que representan a Jesús como Recolector y Defensor, las tareas por excelencia de un pastor.

Cuando un espectador se acerca a esta pintura, lo primero que nota es que Jesús está representado como un niño. No es casualidad que Murillo decidiera usar al niño, ya que hay múltiples momentos a lo largo de los relatos evangélicos cuando Jesús (ver Mt. 18:3-4 y Lc. 9:46-48). Más que eso, en este pasaje, Jesús le dice a su audiencia: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10:10). ¿Quién tiene vida más abundante que un niño alegre? ¿Me he dejado hacer más infantil para experimentar la alegría que Jesús quiere que tenga?

La mirada de este Niño penetra en el alma del espectador. Esta mirada puede hacer que el espectador piense en su propia conexión con el Buen Pastor. Con Sus ojos, Él dice: “Quiero una relación más profunda contigo. Quiero reunirte conmigo y protegerte. Ser atraídos por su mirada nos permitirá “reconocer su voz” más claramente (Jn 10, 4). ¿Estoy dispuesto a encontrar la mirada del Buen Pastor y escuchar su voz?

El Niño Jesús sostiene un bastón bajo su brazo derecho, la herramienta por excelencia de un pastor. Es una herramienta tanto para recolectar, por ladrón, como para defender. ¿Cuáles son las herramientas que usa Jesús para reunir a las personas en una relación con Él a través de Su Iglesia? ¿Cuáles son las formas en que Él defiende a Su rebaño? ¿Qué ha hecho él para reunirme y defenderme personalmente?

La mano izquierda del Pastor descansa sobre una oveja. La mirada en Su rostro transmite una absoluta seriedad. Por su mirada, y por la colocación de su mano, el Buen Pastor dice: “Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno” (Jn 10, 29-30). Mientras contemplo esta pintura, ¿puedo recordar momentos en los que haya sentido la mano protectora del Señor en mi vida? ¿Me he considerado a mí mismo como una oveja débil, incluso indefensa? ¿Ha sido el Señor tierno conmigo en medio de tanta debilidad?

Detrás del Pastor y Su única oveja, en el lado derecho de la pintura, hay un rebaño de ovejas. Esto hace que el espectador, primero, piense en la enseñanza de Jesús en el discurso del Buen Pastor: “Tengo otras ovejas que no son de este redil. A éstos también debo conducir, y oirán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo pastor” (Jn. 10:16). ¿Me doy cuenta de que Dios quiere que cada persona sea parte de Su redil? Incluso como oveja, ¿estoy dispuesto y listo para ayudar a otras ovejas a entrar en el único rebaño del Señor, la Iglesia? ¿Cómo puedo hacer eso en mi propia vida?

También parece que Murillo ha utilizado el rebaño distante como una declaración visual de la conocida parábola de Jesús de la oveja perdida (ver Mt. 18:10-14 y Lc. 15:1-7); de los noventa y nueve que permanecieron fieles. La oveja que está al lado del Buen Pastor, acariciada por su mano, representa también al “pecador que se arrepiente”, que es motivo de más alegría que “noventa y nueve justos” (Lc 15,7 NVI). ¿Estoy dispuesto a verme a mí mismo como una oveja perdida? ¿Estoy dispuesto y listo para permitir que el Señor cambie mis caminos pecaminosos y me guíe de regreso al rebaño?

Finalmente, está uno de los detalles más significativos del cuadro. Justo detrás del Niño Pastor hay parte de un edificio destruido, mientras que más atrás hay una columna rota y derribada. Parece que Murillo usa estas imágenes para transmitir que Jesús y Su enseñanza han conquistado el paganismo antiguo, especialmente ejemplificado en el Imperio Romano: “Todos los que vinieron antes de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les hacen caso. … El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir…” (Jn. 10:8-10). La serenidad del Buen Pastor que recoge, defiende y da vida abundante contrasta con el naufragio y las ruinas. ¿Ha habido áreas de mi vida que el Señor tuvo que derribar y vencer? ¿He sido atraído a la plenitud de la verdad, desechando lentamente mis viejas formas de buscar riqueza, placer, poder u honor y en su lugar buscar al Señor?

Si bien la pintura de Murillo ofrece relativamente pocos detalles, los que ofrece son bastante conmovedores. A través de todos ellos, el espectador puede llegar a conocer más profundamente a Jesús como recolector y defensor, el que protege a todo el rebaño mientras busca a la oveja descarriada. El espectador puede entonces reflexionar sobre su propia relación con el Buen Pastor y con el Único Rebaño Verdadero, la Iglesia. Crecer en esta conciencia nos permitirá a cada uno de nosotros apreciar más plenamente la profundidad del Misterio Pascual y el tiempo pascual.

Fuente: catholic exchange

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