Lo más importante para nosotros: tener a Dios en nuestro corazón.
Más de una vez he escuchado supersticiones o diferentes pensamientos sobre cosas que son buenas o malas para nuestro cuerpo. Lo he escuchado de parte de hermanos evangélicos protestantes, pero tambien de católicos. Personas que no comen cerdo porque consideran que es un animal impuro. O personas que tienen demasiadas limitaciones con líquidos que pueden llevar al desorden.
Jesús aclara hoy este tema y, nosotros como sus seguidores no podemos andar con pensamientos que nacen de tradiciones y culturas o malos pensamientos que intentan imponerse. Jesús lo deja claro, no es lo que entra en el cuerpo lo que daña el hombre, si no, lo que sale del corazón del mismo. Esto es tan simple y tan claro que aún así se nos dificulta entender.
Cuanto bien puede hacer al hombre tener a Dios en su corazón, porque sabra principalmente medir lo que de su boca sale, pero también sabrá ingerir lo que mejor le conviene
Si nos detenemos a meditar en nuestra vida, se darán cuenta cuanto daño hemos hecho por cosas que vienen de nuestro interior. Por eso, el Señor insiste y nos llama a vivir un encuentro con Él, para transformar lo que hay en nuestro interior, porque una vez transformado nuestro corazón, el exterior va a ser irrelevante. Se nos acabarán las supersticiones, se nos acabarán las vanas ideas que creemos que pueden afectarnos.
Dios hoy llama a nuestro corazón, y nos invita a transformarlo atravez del encuentro que podemos tener con Él, si así lo deseamos. Así como deseamos el alimento o la bebida, aún más debemos anhelar a Dios en nuestro corazón, porque imaginemos el mal que hacemos con nuestro corazón de piedra, pensemos ahora el bien que haremos si tenemos a Dios en el centro de toda nuestra vida. Produciremos misericordia, esperanza, bondad, humildad, pero sobre todo, amor.
Paz y Bien!