Dichosos somos, porque participamos en el banquete del Reino de Dios.
Hay un pecado que el Señor no perdona, y este pecado es el de la ofensa al Espíritu Santo. Hoy, en el evangelio, Jesús lo deja muy claro sobre a qué se refiere con este acto, el de no perdonar una ofensa al Espíritu Santo.
Pero, ¿cómo es esto que Dios no puede o solamente, no perdona un pecado? Bueno, no es que no pueda, puesto que Dios es omnipotente, es decir, que tiene poder sobre todo y nada se le escapa. Por lo tanto, Dios tiene el poder de perdonar pecados, no perdonar, hasta incluso evitarlos, a como lo demuestra el dogma de la Inmaculada Concepción. «Dios guardó a María del pecado original». Entonces, Dios tiene poder absoluto sobre el pecado y nunca va a ser al revés.
A Jesús le dicen hoy: «Dichoso aquel que participe en el banquete del Reino de Dios».
La respuesta de Jesús es la mejor de todas. Es una respuesta llena de misericordia, aunque parezca dura. Jesús nos lo deja claro y lo responde con una parábola que ya hemos leído. Jesús lo deja claro, y, como lo confirma San Pablo: «El deseo de Dios es que todos los hombres se salven, y lleguen al conocimiento de la Verdad».
Entonces, Jesús nos dice hoy: «Todos estamos invitados a la cena del Señor», «Todos estamos invitados a ese banquete eterno», «Todos estamos invitados a ser partícipes del Reino de los Cielos». Dios no se guarda nada, Dios quiere que todos seamos parte de su reino y no quiere que ninguno de los suyos se pierda, pero Jesús es claro: El Reino de Dios se les ha acercado y es de ustedes, la salvación y la redención están en ustedes, pero depende de ustedes aceptarla o rechazarla.
Esto, es lo que no perdona Dios, el rechazo a la providencia, a la misericordia, al Espíritu Santo. Lo deja claro al final de la parábola: «Yo les aseguro que ninguno de los primeros invitados participará de mi banquete«. Los primeros invitados fueron aquellos que prefirieron ocuparse de sus oficios antes de atender el llamado del Señor.
Hermanos, no nos cansemos de orar y pedir a Dios que nos guíe en nuestra conversión, para que podamos atender ese llamado firmemente, pero también, pidamos a Dios por todos aquellos que conocemos que no han aceptado ese llamado de Dios, por todos aquellos que lo siguen rechazando. Es importante reconocer que la misericordia de Dios es tan grande y tan infinita que Dios nos perdona mientras estemos en este mundo. Dios a nosotros nos ha limitado con un espacio y un tiempo, y no podemos vivir como si ese tiempo fuera eterno.
Pidamos a Dios que nos dé la gracia de una verdadera conversión y poder dar frutos de la misma, para así, con nuestro ejemplo y testimonio, podamos convencer a otros hermanos de aceptar el banquete al que Dios nos ha invitado.
Amén