Vivamos un bautismo que arde.
Mis hermanos, el día de hoy el Señor empieza el evangelio con estas palabras:
«He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo! Tengo que recibir un bautismo, ¡y cómo me angustio mientras llega!
Tenemos palabras clave aquí y las necesitamos entender. «He venido a traer fuego a la tierra» y «Tengo que recibir un bautismo». El evangelio, mis hermanos, puede ser leído en las vertientes literarias, morales, alegóricas y místicas. Quiero concentrarme esta vez en la vertiente o sentido alegórico, puesto que hay una riqueza que podemos profundizar en nuestros corazones.
Los Padres de la Iglesia, como San Ambrosio y Cirilo, mencionan que la Palabra de Dios es un fuego, y que Jesús podía estar hablando de la Palabra de Dios cuando se refería al fuego en la tierra. Jesús es la Palabra misma, el verbo encarnado, y Dios ha traído el fuego, Jesús lo ha traído, pero Jesús, el Señor, desea que arda porque hay fuegos que son como pequeñas mechas o pequeñas velas que con el viento más sutil se apagan. ¡No! Dios no quiere eso, Dios quiere que arda, desea que arda desde este momento en nuestros corazones. El deseo de Dios es que se infunda, que se inflame, pero para eso era necesaria la segunda parte de la expresión de hoy de nuestro Señor. «Tengo que recibir un bautismo, ¡y cómo me angustio mientras llega!»
Pero, ¿cómo es esto? ¿Cómo es posible? ¡Pero si Juan el Bautista lo había bautizado al inicio del evangelio! ¿Cómo es posible que tenga que recibir otro bautismo?
Para tener una mejor referencia, Jesús no se refiere al bautismo de agua, sino al de sangre, el bautismo de la pasión, el del amor. Recordemos cuando los hijos de Zebedeo, San Juan y Santiago le dicen: «Señor, queremos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Y Jesús les contestó: «No saben lo que piden; beberán de la copa que yo bebo y pasarán por el bautismo con el que voy a ser bautizado, pero no me corresponde a mí decidir quién se sentará a mi izquierda o derecha.»
Hermanos, regresando al momento en el que Jesús dijo las palabras iniciales de este comentario, Jesús estaba deseando que el fuego estuviera ardiendo, pero para eso tenía que pasar por el bautismo de su pasión, por eso dice: «¡y cómo me angustio mientras llega!» Porque sabe lo que espera, pero también sabe el premio, puesto que su bautismo es necesario para que nosotros recibamos el fuego del Espíritu, el que hará arder la Palabra en nosotros. Es hasta ese momento que vamos a arder a como Jesús lo desea.
Jesús pasó ese bautismo por nosotros y hoy el Espíritu Santo habita entre nosotros. ¿Estamos ardiendo? ¿Estamos siendo consumidos por las llamas? Y es aquí donde se cumple la segunda parte del evangelio de hoy: ¿Piensan acaso que he venido a traer paz a la tierra? De ningún modo. No he venido a traer la paz, sino la división.
Cuando nos dejamos guiar por el Espíritu de la Verdad, del fuego que trajo Jesús a la tierra gracias a su bautismo, el mundo nos comenzará a odiar y todo aquel que no es de la verdad estará en contra nuestra, pero eso no debe limitarnos ni asustarnos porque hemos sido bautizados por el agua para recibir el Espíritu Santo, pero ahora con el Espíritu Santo, debemos dejarnos llevar por el fuego sin temor, sin temor a la división, sino con valor, con ardor y con deseo de que le fuego arda en nuestros hermanos.
Hermanos, no tengamos miedo de hablar con la Verdad. No tengamos miedo de dejarnos arder por el fuego de la Palabra. Que por la Palabra nos quememos y por la Palabra quememos a otros hermanos. Evangelizemos sin miedo, evangelizemos con fe, porque el bautismo que nos espera nos acerca más a nuestro Señor.
Amén