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¿Hay vida después de la muerte?

Virgen

Homilia pronunciada por S. E.R. Cardenal Miguel Obando Bravo durante la misa por la Paz y Reconciliación

¿Qué hay más allá de la muerte? ¿Hay vida después de esta vida? ¿Queda el hombre reducido al polvo? ¿Hay futuro a pesar de que nuestro cuerpo este inerte y en descomposición?

El valiente Judas Macabeo hizo una colecta entre sus soldados recogiendo dos mil monedas de plata. Las enviaron a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado.

Todo esto lo hicieron porque creían en la resurrección. Pues si no hubieran creído que los compañeros caídos en el combate iban a resucitar, habría sido inútil orar por ellos.

El misterio de la Asunción de la Santísima Virgen Maria al Cielo nos recuerda el sentido de nuestra vida en la tierra y lo que nos espera después de la muerte. El hecho de que la Santísima Virgen fuera llevada en cuerpo y alma al Cielo, cuestión que es dogma de fe para el católico, es un verdadero signo de esperanza para todos.

María, que indudablemente fue adornada de gracias excepcionales por Dios Padre para servir de Madre natural a Su Hijo Jesús, es – a pesar de estos dones especiales – plena y totalmente humana como somos todos los hombres y mujeres de este mundo.

El que María sea una mujer plena y totalmente humana, unido al hecho de que Ella está en el Cielo en cuerpo y alma en forma gloriosa, nos lleva a reflexionar sobre el destino que Dios tiene preparado a todo aquel que viva de acuerdo a esta verdad que aprendimos desde el Catecismo de Primera Comunión: hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y luego gozar plenamente de Su Presencia en la eternidad.

Y ….. ¿Qué es la eternidad? ¿Qué es la vida eterna? ¿Qué es la salvación y la condenación…. eternas? Son nada menos que las opciones que nos esperan al terminar esta vida pasajera, temporal, finita…..  fugaz y muy breve (si la comparamos con la eternidad) que ahora estamos viviendo aquí en la tierra.

En efecto, vida en esta tierra es como una antesala, como una preparación, par unos más breve que para otros, tal vez más difícil o más dolorosa para algunos. Pero en realidad no fuimos creados sólo para esta antesala, sino para el Cielo, nuestra verdadera patria.

La Virgen María nos muestra, con su vida en la tierra y su Asunción al Cielo, el camino que hemos de recorrer todos nosotros en total identificación de nuestra voluntad con la Voluntad de Dios en esta vida y luego el paso a la otra Vida, al Cielo que Dios Padre nos tiene preparado desde toda la eternidad. Allí estaremos en cuerpo y alma gloriosos, como está María, porque seremos resucitados, tal como Cristo resucitó y tal como El lo tiene prometido a todo el que cumpla la voluntad del Padre. (cfr. Juan 5,29 y 6,40)

¿Cómo es la muerte?
La muerte no es el fin de la vida, sino el comienzo de la Verdadera Vida. Para los que mueren en Dios, la muerte es un paso a un sitio/estado mejor…  mucho mejor que aquí. La muerte no es tropezarnos con un paredón donde se acabó todo. Es más bien el paso a través de esa pared para vislumbrar, ver, y vivir algo inimaginable.

Santa Teresa de Jesús decía que esta vida terrena es como pasar una mala noche en una mala posada.

Para San Juan Crisóstomo, “la muerte es el viaje a la eternidad”. Para el, la muerte es como la llegada al sitio de destino de un viajero. También hablaba de la muerte como el cambio de una mala posada,  un mal cuarto de hotel (esta vida terrena) a una bellísima mansión.

“Mansión” es la palabra que usa el Señor para describirnos nuestro sitio en el Cielo. “En la Casa de mi Padre hay muchas mansiones, y voy allá a prepararles un lugar…  Volveré y los llevare junto a mí, para que donde yo estoy, estén también ustedes” (Jn. 14, 2-3).

Es en la Liturgia de Difuntos de la Iglesia donde tal vez encontramos mejor y más claramente expresada la visión realista de la muerte. Así reza el Sacerdote celebrante en el prefacio de la Misa de Difuntos: “La vida de los que en Ti creemos, Señor; no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo.”

Por eso la muerte no tiene que ser vista como algo desagradable. ¡Es el encuentro definitivo con Dios! Los Santos (santo es todo aquel que hace la Voluntad de Dios, aunque no sea reconocido oficialmente) esperaban la muerte con alegría y la deseaban no como una forma de huir de esta vida, que sería un pecado en vez de una virtud – sino como el momento en que por fin se encontrarían con Dios. “Muero porque no muero” (Sta. Teresa de Jesús).

“Que dulce es morir si nuestra vida ha sido buena” (San Agustín). San Agustín fue un gran pecador hasta su conversión ya bien adulto. El problema no es la muerte en sí misma, sino la forma como vivamos esta vida. Por eso no importa el tipo de muerte o el momento de la muerte, sino el estado del alma en el momento de la muerte.

Nuestro destino para toda la eternidad queda definido en el instante mismo de nuestra muerte. En ese momento nuestra alma, que es inmortal, se separa de nuestro cuerpo e inmediatamente es juzgada por Dios. Este momento se llama en Teología el Juicio Particular, y consiste en una especie de radiografía o “scaneo” espiritual instantáneo que recibe el alma por iluminación divina, mediante la cual esta sabe exactamente el sitio/estado en que le corresponde ubicarse para la eternidad, según sus buenas y malas obras.

Es así como en el momento mismo de la muerte el ama recibe la sentencia de su destino para toda la eternidad. Al decir, entonces, que alguien ha muerto, podría también afirmarse que ese alguien también ha sido juzgado por Dios. (cfr. Antonio Royo Marín, Teología de la Salvación).

Por ello ante la pregunta de si conviene esperar el momento de la muerte para prepararnos para la vida eterna, la respuesta parece muy simple: No, no es conveniente, pues no sabemos ni el día, ni la hora, ni el lugar, ni las condiciones de nuestra muerte. Y es mucho, es demasiado, lo que nos estamos jugando en ese instante: nada menos que nuestro destino para siempre, para una vida que nunca tendrá fin.
¿Hay Vida después de la vida?

Si hay Vida después de la vida. Y la muerte no es el fin de la vida, sino el comienzo de la Verdadera Vida.

El Papa Juan Pablo II nos recuerda en una de sus Catequesis sobre la vida y la muerte las palabras de Jesús: “Yo soy la Resurrección y la Vida “ (Jn. 11, 25). Y nos dice que en El, gracias al misterio de su muerte y su resurrección, se cumple la promesa divina del don de la Vida Eterna, que implica la victoria total sobre la muerte.

Jesucristo es la respuesta definitiva a la pregunta por el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres de nuestro continente.

Que María Santísima Reina de la Paz nos ayude para que sigamos avanzando por los caminos de la paz y de la reconciliación. Tenemos que apreciar en serio el compromiso por establecer la paz en un clima de reconciliación nacional, emprendido con amplitud de miras.

Desarrollo y solidaridad son dos claves importantes para alcanzar la paz y la reconciliación.

†Cardenal Miguel Obando Bravo

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