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El Apóstol San Pablo

Virgen

La tradición cristiana conoce a San Pablo como «el Apóstol», sin más. El no sólo ha vivido apasionadamente la misión que le había sido confiada, sino que en sus cartas transluce esta vivencia. Sus escritos no son asépticos e impersonales, sino que en cada línea se manifiesta el alma y el corazón del apóstol. Sus deseos y anhelos, sus luchas y fatigas, sus proyectos... están al alcance de quien lee sus cartas.

Estas páginas recogen lo que he ido entresacando a lo largo y ancho de las cartas de San Pablo, de su vivencia apostólica. Como se ve, aparece una gran riqueza de detalles, que constituye lo que podríamos denominar el testimonio apostólico de San Pablo. Seguramente él no ha pretendido reflejamente expresarlo así, pero es providencial que haya quedado plasmado por escrito, pues ha servido de orientación a los cristianos y apóstoles de todas las épocas.

También para nosotros puede ser iluminador. Ante el reto de la nueva evangelización y del tercer milenio del cristianismo que comenzamos, es necesario ante todo un nuevo ardor para que el Evangelio se difunda. Las actitudes apostólicas que San Pablo testimonia -válidas para todo apóstol, sacerdote, seglar o religioso- son básicas y esenciales; sin ellas ningún método resultará eficaz ni fructuoso.

«La plenitud de los tiempos» (Gal. 4,4)

A San Pablo le ha tocado vivir en el momento culminante de la historia, en la plenitud de los tiempos, cuando «Dios envió a su Hijo» al mundo, «para rescatar a los que se hallaban bajo la ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva» (Gal. 4,4-5). El momento en que, con la venida de Cristo se ha manifestado a los hombres y se ha realizado el misterio de la salvación escondido y mantenido en secreto durante siglos eternos (Rom. 16, 25-26; Ef. 3, 5-6).

Este hecho es imprescindible para entender la colosal obra misionera y apostólica de Pablo.

Pues él -como por lo demás los restantes autores del N.T.- tiene conciencia de estar en esa «plenitud de los tiempos». Con frecuencia en sus cartas le sorprendemos contraponiendo el «antes» de la venida de Cristo al «ahora» instaurado por esa misma venida. Por el hecho de que Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo, llega a afirmar: «pasó lo viejo, todo es nuevo» (2 Cor. 5,17). Pablo es consciente de que la venida de Cristo ha traído consigo toda novedad y ha desbordado toda expectativa al realizar una «nueva creación».

Cuando reflexione sobre su ministerio afirmará sin ambages que este ministerio -el suyo y el de los demás apóstoles del N. T.- supera sin comparación posible el ministerio de Moisés, el gran mediador de la antigua alianza. Los ministros de la nueva alianza están puestos al servicio de la acción del Espíritu. Como ministros del evangelio, les ha sido concedida la gracia de anunciar una Buena Noticia inmensamente gozosa y sorprendente: «el amor de Dios manifestado en Cristo» (Rom. 8, 39) que se ha entregado por cada uno (Gal. 2,20) para rescatarnos de nuestros pecados (Gal. 1,4). Al apóstol le ha sido confiado el anuncio de este acontecimiento incomparable que es portador de salvación (1 Cor. 15,1-5).

Es esto lo que espolea al apóstol: el deseo de transmitir y hacer partícipes a todos de este «tesoro» (2 Cor. 4. 7). Por eso exclamará: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; Es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Más si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado» (1Cor. 9, 16-17).

Colocado en la plenitud de los tiempos y portador de tal tesoro y de semejante novedad, Pablo se siente impelido y urgido a hacerlo llegar a todos, absolutamente a todos. Una tras otra, irán cayendo distancias, fronteras y dificultades y el Evangelio irá extendiéndose de la mano de Pablo por todo el inmenso Imperio romano como un fuego incontenible. Su única obsesión será llevar el Evangelio y el nombre de Cristo allí donde todavía no es conocido (Rom. 15,19-21; 2 Cor. 10,15-16).

Las palabras de Festo en He. 25,19 («un difunto llamado Jesús, de quien Pablo sostiene que está vivo») las podría haber hecho suyas el propio Pablo antes de su conversión refiriéndose a los cristianos.

En efecto, la experiencia del camino de Damasco consistió esencialmente en esto: ese Jesús a quién Pablo consideraba definitivamente muerto se le presentó repentinamente vivo y lleno de gloria («Yo soy Jesús a quién tú persigues»: He. 9,5). Pablo no le ha buscado, ni se ha preparado a este encuentro; por el contrario, ha luchado ferozmente contra los cristianos y su evangelio. Y sin embargo, el Resucitado irrumpe en su vida y Pablo queda «apresado» por Cristo Jesús (Fil. 3, 12).

Todo su ímpetu y toda su actividad evangelizadora arrancan de este hecho: él tiene conciencia clara de que no es apóstol por voluntad propia, sino «por voluntad de Dios» (1Cor.1,1; 2Cor. 1,1; Ef. 1,1). Sabe muy bien que es «llamado como apóstol» (Rom. 1,1) exactamente como lo habían sido los Doce, porque le ha llamado el mismo Jesús que les llamó a ellos; y -lo mismo que ellos- también Pablo ha sido llamado por su nombre (He. 9,4)…

El hecho de haber sido llamado «por gracia» (Gal. 1,15) no quita fuerza a esta vocación, sino todo lo contrario: pone más de relieve la iniciativa absolutamente gratuita de Dios que llama no en virtud de los méritos contraídos sino por pura benevolencia, que tiene misericordia con quien quiere (Rom. 9,15-18). De hecho Pablo no dejará de maravillarse y sorprenderse a lo largo de toda su vida de que haya sido llamado precisamente él: «a mí, que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente» (1Tim. 1,13). Toda su predicación acerca de la gracia brotará de esta experiencia primera y fundante: «Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, y el primero de ellos soy yo; y si encontré misericordia fue para que en mí primeramente manifestase Jesucristo toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él» (1Tim. 1,15-16).

Y Pablo sabe que esta llamada, que tan en contra va de sus convicciones anteriores y de su conducta pasada (Gal. 1,13-14), no es algo casual, sino que hunde sus raíces en la eternidad. Tiene conciencia de que en realidad ha sido «separado» por Dios ya «desde el seno materno» (Gal. 1,15). El, tan buen conocedor de las Escrituras, podía aplicarse a sí mismo las palabras dirigidas por Yahveh al profeta Jeremías: «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes de que nacieses te tenía consagrado» (Jer. 1,5).

«Tuvo a bien revelar a su Hijo en mí…»
Con estas palabras tan sintéticas resume San Pablo lo acaecido en el camino de Damasco. Sin entrar en detalles de lo que sucedió por fuera, da a entender que la llamada de Dios ha sido fundamentalmente una llamada interior («en mí», «dentro de mí»), una «iluminación» o «revelación» por la que Pablo «ha visto» a Jesús (1 Cor. 9,1) y le ha conocido como Señor e Hijo de Dios. Es decir, no sólo ha comprobado que Jesús estaba vivo, sino que ha entendido quién era ese Jesús (lo cual sólo es posible por revelación de Dios: Mt. 16, 17; 11, 25-27).

Pablo, aun reconociéndose «indigno del nombre de apóstol por haber perseguido a la Iglesia de Dios» (1Cor. 15,9), no puede dejar de afirmar que se le «apareció» Cristo Resucitado, exactamente igual que se les había aparecido a los Doce y a los demás discípulos (1 Cor. 15,5-8). Y esta «aparición» o «revelación» ha sido un desbordamiento de luz en su corazón: Dios mismo ha hecho brillar en su corazón la luz de Cristo (2 Cor. 4,6).

Y este brillo ha sido de tal intensidad que ha trastocado la vida y los valores de Pablo. Él, que tenía «motivos para confiar en lo humano» por su ascendencia hebrea y que era «intachable» en el cumplimiento de la Ley santa dada por Dios a través de Moisés (Fil. 3,4-6), hace esta confesión sublime: «lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quién perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Fil. 3,7-8).

A partir de ese momento, cuando Pablo se presente en el areópago de Atenas y en los demás «areópagos» del inmenso imperio romano, no será un predicador más de doctrinas nuevas o desconocidas, sino testigo de un Cristo vivo y glorioso que ha transformado su existencia. Lo mismo que Moisés (Ex. 34,29), pero de una manera incomparablemente más perfecta (2Cor. 3,7-11), será testigo de ese Cristo que ha visto «cara a cara» (Cf. Ex. 33,11) y -como un espejo- reflejará su gloria en su rostro y con toda su vida (2Cor. 3,18).

«...para que yo le anunciase entre los gentiles» (Gal, 1,16)
Llama la atención que en San Pablo el encuentro con Cristo y la llamada a ser apóstol y a anunciar el evangelio van inseparablemente unidos. Así aparece en el mencionado texto autobiográfico de Gal. 1,16. Y así aparece también en los tres relatos de su conversión que nos presenta San Lucas en el libro de los Hechos (He. 9, 15; 22,14-15; 26, 16-18).

Da la impresión de que al encontrarse con Cristo, Pablo ha encontrado el tesoro escondido (cf. Mt. 13,44) y como la mujer de la parábola siente la necesidad de contar a todo el mundo que ha encontrado algo de gran valor (cf. Lc. 15, 9).

Evangelizar es eso: llevar a los hombres un anuncio gozoso, entusiasmante y contagioso. La Buena noticia es la palabra misma de Cristo, ese Cristo enviado por el Padre para la salvación del mundo. Y Pablo, que ha experimentado en sí mismo la alegría producida por el encuentro con Cristo, experimenta también el impulso incontenible a transmitir esa dicha a todos. Como Pedro y Juan, podría decir: «No puedo callar lo que he visto y oído» (He. 4,20).

Más aún, siente la llamada a evangelizar a los gentiles, es decir, a aquellos que los judíos consideraban por definición «pecadores» (Gal. 2,15), pues no conociendo la Ley mucho menos podían cumplirla. Pablo, que sabe que todo lo que le ha sucedido es humanamente inexplicable, que ha sido fruto del amor gratuito y misericordioso de Jesucristo, entiende claramente que esa salvación es ofrecida de manera igualmente gratuita e inmerecida a todos, sean quienes sean, pues Cristo murió por los pecadores (1Tim. 1,15), es decir, por todos (2Cor. 5,14).

Ser apóstol de Jesucristo es en el fondo un misterio inagotable. Y San Pablo lo expresa recurriendo a frecuentes paradojas. Una de ellas es la de que siendo embajador personal de Cristo -con toda la dignidad y autoridad que ello implica- se considera simultáneamente un simple siervo, es decir, un esclavo que pertenece a Cristo y está a su servicio.

Por supuesto, todo cristiano es siervo de Jesucristo, y ello en el sentido más profundo y radical: habiendo sido «comprado» y rescatado por Cristo al precio de su sangre (1 Cor. 6,20), el cristiano pertenece a Cristo, es «de Cristo» (1 Cor. 3,23); no se pertenece a sí mismo (1 Cor. 6,19), ni vive para sí mismo, sino que vive y muere «para el Señor», a quien pertenece enteramente (Rom. 14, 7-9).

Pues bien, esto que corresponde al «estatuto» de todo cristiano, expresa con fuerza insuperable un aspecto de la condición del apóstol de Cristo. Y para ello San Pablo se sirve de tres términos distintos (que no suelen distinguirse en las traducciones), cada uno de los cuales expresa aspectos diversos de la tarea apostólica:

a) «Servidor» (diakonos), que expresa ante todo la idea del servicio a la mesa durante la comida, la preocupación diaria por los medios de subsistencia y -más en general- toda clase de servicios. San Pablo se considera sí mismo «diácono de Cristo Jesús» (2 Cor. 11,23; Col. 1, 7; 1 Tim. 4,6), «diácono del evangelio» (Col. 1,23), «diácono de la justicia» (2 Cor. 11,15), «diácono del Espíritu» (2 Cor. 3,8). Es decir: sirviendo en nombre de Cristo, Pablo ofrece a los hombres el alimento y los medios de subsistencia para su vida: la Buena noticia que es el evangelio, la salvación que justifica y transforma, y el don del Espíritu, fuente de toda vida y santidad, que se derrama por el ministerio del apóstol. Así se configura con Cristo, que ha venido a «servir» a todos (Mc. 10,45).

b) «Esclavo» (doulos), que expresa la idea de realizar algo no por gusto, sino por obligación, por el hecho de encontrarse a las órdenes de alguien. En el mundo griego el esclavo carecía de lo más hermoso de la dignidad humana: la libertad. En realidad, el esclavo no se pertenecía a sí mismo, sino a su dueño, debía renunciar continuamente a su voluntad y debía agradar en todo a su amo (que podía castigarle arbitrariamente e incluso quitarle la vida).

Por otra parte, en el A. T. son llamados siervos de Dios todos los grandes hombres de Israel: Moisés (Jos. 14,7), Josué (Jos. 24,29), Abraham (Sal. 105,42), David (Sal. 89,4), Isaac (Dan. 3,35)... En este contexto, el término expresa la sumisión, respeto y dependencia del hombre respecto de Dios.

Por tanto, cuando San Pablo se denomina a sí mismo «esclavo» de Cristo Jesús (Rom. 1,1; Gal. 1,10; Fil. 1,1; Col. 4,12; Tit. 1, 1) está expresando su conciencia de haber quedado «expropiado» de sí mismo, de su voluntad, de sus planes, de sus gustos... en una palabra, de todo lo suyo -incluida su libertad- para servir del todo y sólo a Cristo y a su voluntad. Teniendo en cuenta que ser esclavo de Cristo le lleva también a hacerse esclavo de aquellos a quienes Cristo le envía ( 2 Cor. 4,5).

c) «Siervo» (hyperetes) designa al criado doméstico que está siempre al lado de su Señor, dispuesto a responder al menor de sus deseos. Al llamarse «siervo de Cristo» (1 Cor. 4,1) Pablo sabe que no tiene otra cosa que hacer que estar pendiente de su Señor -en cuya presencia vive- para secundar dócil e inmediatamente cada una de sus indicaciones.

Pues bien, esta conciencia de siervo -de «siervo inútil», según las palabras de Jesús : Lc. 17,10-, hace permanecer a Pablo profundamente enraizado en la humildad. Sabe que no es más que un pobre y débil instrumento de la acción de su Señor (cf. 1 Cor. 15,10).

Y esta conciencia de siervo le impide «servir a dos señores» (Mt. 6,24). No tiene más que un Señor, Cristo, y sólo a El debe agradar: «Si todavía pretendiera agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gal. 1, 10). Y si se hace «siervo» de ellos es «por Jesús» (2 Cor. 4,5), es decir, «por amor» (Gal. 5,13).

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