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María: Nueva Eva

Virgen

Dios quiso que la mujer estuviese presente en la Redención de un modo paralelo a como lo estuvo en el pecado.

Dios quiso que la mujer estuviese presente en la Redención de un modo paralelo a como lo estuvo en el pecado. Para ello quiso asociar a María Santísima a la Redención de Cristo.

Santa María no fue un instrumento pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San lreneo, obedeciendo se convirtió en- causa de salvación para sí misma y para todo el género humano». Por ello, no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él, en su predicación, que -el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María-, que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la Virgen María mediante su fe»; y comparándola con Eva llaman a María -Madre de los vivientes., afirmando aún con mayor frecuencia que: la muerte vino por Eva, la vida por María- (cfr. LG, 56).

La vida de María fue un sí total a la voluntad de Dios, unida a la Redención de su Divino Hijo. Por eso Dios le hizo poseer todos los bienes de la Redención. María es la mujer bienaventurada porque es la perfecta redimida.

La Santísima Virgen, por su unión física y espiritual con Jesucristo, ocupa un lugar excepcional en toda la obra de la Redención.

Todos los méritos que se aplican a los demás mortales, una vez realizada la Redención, a la Virgen se le aplican en previsión de ella y, además, de un modo eminente, único.

MARIA ES LA MADRE DE DIOS

«Al llegar la plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo, nacido de mujer... para que recibiésemos la adopción de hijos» (Gal. 4, 4-5).

«El Hijo de Dios nació de María Virgen» (Credo de los Apóstoles).

«El cual, por nosotros ¡os hombres y por nuestra salvación, descendió de los cielos y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María» (Símbolo Constantinopolitano).

«Creemos que María es la Madre del Verbo Encarnado, nuestro Dios y Salvador Jesucristo» (Credo de Pablo VI, n. 13).

El Concilio de Éfeso (431) así lo declaró contra Nestorio, el cual, al sostener que en Jesucristo hay no sólo dos naturalezas, sino también dos personas, afirmaba que María es madre de Cristo, pero no de Dios, cayendo en la herejía: «Sí alguno no confiesa que Cristo es verdadero Dios y que, por tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, es hereje».

En múltiples lugares del Nuevo Testamento aparece claramente afirmada esta Maternidad (Jn. 2, 1; Mt. 1, 18; 2, 11, 13 y 20; 12, 46; 13, 55; Lc. 1, 43; 1, 31). También Isaías (7, 14) anuncia la verdadera Maternidad de María: «He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel (Dios con nosotros)». El arcángel Gabriel en la Anunciación repetirá estas palabras y añadirá: «Y lo santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios» (Lc. 1, 35).

Este dogma comprende dos verdades:

a) María es verdadera madre, es decir, ha contribuido a la formación de la naturaleza humana de Cristo como las otras madres a las de sus hijos.

b) María es verdadera madre de Dios, es decir, concibió y dio a luz a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, aunque no en cuanto a la naturaleza divina.

Santo Tomás explicará que lo mismo que la madre de cualquier hombre no es sólo madre de la naturaleza humana de su hijo, sino de la persona de su hijo, la Virgen es madre no de la naturaleza humana de Jesús, sino de Jesús, del Verbo divino en cuanto a su naturaleza humana asumida.

María es, en resumen, verdadera MADRE DE DIOS. Y puede decirse que el Hijo de Dios y el hijo de María son una misma persona, esto es, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

De esta condición de Madre de Dios deriva su dignidad y excelencia sobre todas las criaturas. María es la criatura que está más cerca de Dios. Más que los ángeles y los santos más perfectos.

«Mirad: la Virgen está encinta y dará a luz un hijo,
y le pondrá por nombre Emmanuel
(que significa Dios con nosotros).»


SIEMPRE VIRGEN

Es dogma de fe que la Santísima Virgen María fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto. Así lo declaró el sínodo de Letrán del año 649, presidido por el papa Martín I.

Antes del parto

Esto significa, en primer lugar, que la Virgen concibió en su seno por obra del Espíritu Santo, sin concurso de varón. Así lo expresan todos los símbolos de la fe desde el Apostólico, que dice: «Que fue concebido del Espíritu Santo».

También San Mateo (1, 22) al narrar la concepción virginal de Jesús dice que con ella se cumplió la profecía de Isaías (7, 14).

Dios quiso, sin embargo, que a los ojos de los hombres quedara velado este misterio y también que la vida de Cristo transcurriera con la máxima naturalidad. Por ello, como María estaba legítimamente desposada con José, éste era el padre legal de Jesús. San Lucas dice de Jesús: «el hijo de José según se creía» (3, 23).

En el parto

Esta verdad de fe enseña también que María dio a luz sin detrimento de su integridad virginal. El parto de la Virgen fue, por tanto, milagroso. La integridad corporal de María en el parto es una consecuencia de su total carencia de concupiscencia desordenada, que le daba un absoluto dominio de las fuerzas espirituales sobre los órganos corporales y procesos fisiológicos. Por eso pudo la Virgen tener un papel completamente activo en el nacimiento de Jesús: -y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le recostó en un pesebre» (Lc. 2, 7). Carecía, por tanto, de dolores físicos.

El Símbolo Apostólico dice: «nacido de María Virgen».

Después del parto

María vivió también virgen después del parto. Esta verdad es negada sobre todo por muchos de los protestantes.

En el V Concilio universal de Constantinopla, en el año 533, se le da a María el título de -siempre virgen. con el que será llamada en multitud de documentos del Magisterio hasta el Credo de Pablo VI de 1968. La liturgia expresa esta verdad en el prefacio de las fiestas de la Virgen: «permaneciendo la gloria de la virginidad».
La objeción de que en el Evangelio se habla en varias ocasiones de los hermanos de Jesús hoy día no la sostiene nadie, porque se sabe con certeza plena que la palabra «hermano» en el lenguaje bíblico significa igualmente hijos de unos mismos padres, que parientes incluso no inmediatos.

Sería incomprensible que el Salvador, al morir en la Cruz, encomendara a su Madre a la protección de San Juan «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn. 19, 26) si hubieran existido otros hijos de la Virgen.

MARIA ES LA PLENAMENTE REDIMIDA

Y que en virtud de esa elección singular Ella ha sido, en atención a los méritos de su Hijo, redimida de modo eminente. (Credo de Pablo VI, n. 14)

Plenitud de gracia de María

«Y colmado el don de la gracia más que todas las demás criaturas» (Credo de Pablo VI, 14).
Dice el ángel en la Anunciación: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo». Toda la gracia viene de Cristo y María es la persona que más unida ha estado a Jesús; la madre del Redentor es quien más gracia ha tenido: ha sido llena de gracia.

Es claro que las gracias concedidas a la Madre de Dios son muy inferiores a la plenitud de gracia de Cristo. Pero excede de la de los ángeles y santos más encumbrados.

Santidad de María

A Dios se le llamaba en la Escritura el que es Santo. Se quiere decir con estas palabras que no hay en él nada malo, nada manchado.

María por ser la criatura que más cerca ha llegado a estar de Dios, es también la persona más santa. La Iglesia la llama la Santísima Virgen María.

San Agustín dice: «porque de nada hubiera aprovechado a María su parentesco materno, si no hubiera concebido a Cristo antes en su corazón».

Por su parte, la vida de Santa María es para todos sus hijos un modelo de virtudes, como siempre la han considerado los autores espirituales de todos los tiempos (cfr. J. Escrivá de Balaguer, Camino, núms. 499, 502, 507 a 51 l).

Dignidad de María

Su dignidad y excelencia excede de la de todas las personas creadas, bien sean ángeles u hombres, por ser la criatura que está más cerca de Dios, ya que es su madre. Por su unión entrañable con el Hijo está también íntimamente unida con el Padre y con el Espíritu Santo. La Iglesia alaba a la Virgen por haber sido escogida para Madre de Dios Hijo, hija especialísima de Dios Padre y Esposa del Espíritu Santo. Su dignidad es, en cierto sentido, infinita porque Ella es Madre de una Persona infinita y divina.

A la Virgen la llamará la Iglesia Asiento de la Sabiduría, y se la representará desde muy antiguo con el Niño sentado en su regazo, porque el Verbo de Dios es la Sabiduría divina.

También se la llamará Reina y Señora, ya que su Hijo es Dios y, por tanto, el Señor de todo lo creado.

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